Alfredo Prada conserva la voz, los gestos y la memoria de quien atravesó una época dorada del boxeo argentino. En su casa de Núñez, rodeado de fotos y recuerdos, el ex campeón revive una vida que se mezcló con los grandes nombres y con las noches de estadio lleno
Una infancia atravesada por la adversidad
Nacido en Villa Constitución, Santa Fe, Prada sufrió poliomielitis y quedó con una pierna seis centímetros más corta que la otra. A eso se sumó una fractura de cadera a los ocho años, que lo dejó varios años enyesado. Ese límite físico lo empujó a buscar una salida y encontró en el boxeo una forma de reconstruirse
Con el tiempo se instaló en Buenos Aires, en el barrio de Pompeya, lejos de su padre, su madre y sus siete hermanos. Entrenó en el Almagro Boxing Club y comenzó a abrirse paso en un ambiente que, con los años, lo llevaría a convertirse en figura de las noches del Luna Park
Del Luna Park a una leyenda viva
Prada fue una pieza central del boxeo de las décadas del 40 y 50, en una época en la que el deporte concentraba una enorme popularidad en la Argentina. Su nombre quedó unido al histórico antagonismo con José María Gatica y a una trayectoria que lo llevó a ser reconocido como el campeón argentino vivo de mayor edad
Él, sin embargo, evita el lugar del mito. Dice que no se siente símbolo ni ídolo, sino una persona común. También sostiene que el boxeo le hizo bien: le quitó complejos, le dio recursos y le dejó aprendizajes, aunque insiste en que el oficio debe ir acompañado por educación y formación
Recuerdos, pérdidas y memoria de campeón
Entre carpetas con recortes, fotos y un cinturón de campeón argentino obtenido en 1956, Prada repasa escenas de otra época. También recuerda con emoción a Alcira, su esposa, fallecida hace tres años, con quien tuvo dos hijos y tres nietos
Su paso por Estados Unidos en 1949 ocupa otro lugar de privilegio en su memoria. Allí se entrenó en el mismo gimnasio que Rocky Marciano y fue observado por Charlie Goldman, el técnico del futuro campeón mundial. Prada lo cuenta con orgullo, como quien vuelve por un instante a un ring ya lejano
Hoy, a los 80 años, se asoma a la puerta, vuelve a ponerse en guardia y deja una última imagen: la de un boxeador que todavía conversa con su propia historia