La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, Reino Unido-Estados Unidos-Irlanda/2026), dirigida y escrita por Michael Sarnoski, presenta una versión severa y revisionista del célebre personaje medieval. Con Hugh Jackman al frente del elenco, la película apuesta por un tono sombrío, melancólico y muy violento
Lejos de la imagen del justiciero que roba a los ricos para ayudar a los pobres, el film muestra a un Robin Hood envejecido, aislado y consciente de su pasado delictivo. Desde el inicio, el personaje aparece como un hombre endurecido por los crímenes que cometió y por una vida atravesada por la destrucción
Un héroe gastado por la culpa
La historia lo sigue cuando abandona su retiro para asistir a Little John, interpretado por Bill Skarsgård, amenazado junto con su familia y sus tierras. A partir de allí, la película combina estallidos de violencia medieval, con cuchillos, hachas, antorchas y piedras, con tramos más reflexivos, centrados en la culpa y la posibilidad de redención
Gran parte del relato transcurre en un convento apartado, bajo la protección de una mujer piadosa encarnada por Jodie Comer. Ese espacio, junto con los paisajes rurales de Irlanda y la iluminación tenue de interiores y velas, sostiene un clima de recogimiento que contrasta con la brutalidad del comienzo
Una puesta al servicio del lamento
La fotografía de Pat Scola y la música de Jim Ghedi refuerzan ese tono austero, con imágenes de colores terrosos y baladas de instrumentos tradicionales que acompañan el recorrido del protagonista. El resultado es una obra paciente, centrada más en la expiación que en la aventura
Jackman resulta una elección precisa para este Robin Hood cansado y envejecido, capaz de transmitir tanto el desgaste de una vida marcada por la violencia como la claridad final de quien intenta dar un sentido distinto a su último acto