Una puerta cerrada, respuestas breves y más tiempo en soledad pueden ser parte de los cambios propios de la adolescencia. También pueden expresar que algo no está bien. Para las familias, el desafío consiste en respetar la privacidad de sus hijos sin dejarlos solos

Durante esta etapa aparecen preguntas profundas sobre la identidad, los vínculos, los intereses y el propio valor. Por eso son esperables los altibajos emocionales, como la tristeza ante una decepción o el entusiasmo por una actividad. La diferencia está en cuánto dura ese malestar y cuánto afecta la vida cotidiana

Cuándo prestar especial atención

Una tristeza pasajera puede alternarse con encuentros con amigos, actividades placenteras y momentos de entusiasmo. En cambio, cuando el malestar se vuelve persistente e interfiere con la rutina, es importante consultar

Algunas señales de alerta son los cambios repentinos en la alimentación, dejar de comer, los atracones, las dificultades para dormir, las expresiones vinculadas con desaparecer y las autolesiones. Frente a estas situaciones, la recomendación es no postergar la consulta. El pediatra o un profesional de la salud pueden ser la primera puerta de ayuda

Cómo acercarse sin invadir

Los adolescentes pueden necesitar encerrarse, pasar tiempo con sus amigos y reservar parte de su mundo para sí mismos. En lugar de convertir la preocupación en un interrogatorio, los adultos pueden transmitir que están disponibles: “Quiero entenderte. No hace falta que me cuentes todo ahora, pero estoy acá”

Incluso después de un portazo, conviene sostener esa presencia sin invadir. Detrás de un “nada” puede haber miedo a ser retado, a decepcionar a la familia o a causar preocupación

Cuando finalmente decide hablar, el adolescente no siempre necesita consejos inmediatos. Interrumpir con lecciones, comparaciones o experiencias personales puede hacer que se sienta poco escuchado. Es preferible tolerar los silencios, hacer preguntas sin exigir detalles, agradecer la confianza y dejar abierta la posibilidad de continuar la conversación otro día

La vergüenza, la humillación y la soledad pueden intensificar el sufrimiento. En esos momentos, el adulto debe intentar escuchar sin trasladar su propia angustia. El objetivo es que el adolescente perciba que es querido, que cuenta con límites y que tiene un lugar seguro al que puede volver

La negación también puede aparecer en los adultos

No siempre es el adolescente quien se distancia. A veces los padres evitan mirar lo que sucede porque reconocerlo resulta doloroso. Por eso es importante construir redes de confianza con otros adultos cercanos, como familiares, padres de amigos o personas que comparten actividades con el adolescente

Es posible que alguien de ese entorno note antes que la familia un cambio en su comportamiento. Una red atenta puede ayudar a detectar señales y a sostener al adolescente sin dejar toda la responsabilidad en una sola persona

Pantallas: importa qué hacen, no solo cuánto tiempo

El celular puede convertirse en otro motivo de conflicto. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en la cantidad de horas frente a una pantalla. También es necesario observar qué contenidos consume el adolescente y qué experiencias quedan desplazadas

No es igual compartir una película en familia que pasar el mismo tiempo aislados, cada uno con su propio dispositivo. Durante la primera infancia, la pantalla debería ocupar un lugar secundario. A medida que los chicos crecen, el foco puede desplazarse de la cantidad hacia la calidad de los contenidos y los usos

Los límites horarios pueden servir como referencia, pero necesitan acompañarse con selección adulta, contenidos adecuados y propuestas por fuera de la tecnología. Una película apropiada puede ser una experiencia diferente de una exposición continua a contenidos breves y repetitivos

El celular propio y la construcción de autonomía

En la Argentina, seis de cada diez chicos de tercer grado tienen celular propio. Para Sebastián Bortnik, especialista en tecnología y crianza digital, los 8 o 9 años son demasiado temprano para incorporar un dispositivo tan potente. Los controles parentales ayudan, pero no reemplazan el acompañamiento adulto

Una alternativa es demorar la entrega del celular propio hasta la adolescencia e incorporarlo de manera progresiva. Si una familia considera que se adelantó, puede revisar los acuerdos, limitar los momentos y lugares de uso, controlar la configuración disponible o establecer durante un tiempo que el teléfono se utilice solo en casa

En lugar de plantear únicamente la prohibición de las redes sociales, la propuesta es retrasar su llegada mientras se desarrollan la autonomía y la autorregulación. También resulta clave que los adultos revisen su propio vínculo con la tecnología: los chicos aprenden observando lo que ven en su entorno

El vínculo se construye antes de la crisis

Las conversaciones sobre bienestar emocional y tecnología no deberían comenzar recién cuando aparece un problema. Estar disponibles, poner límites claros y mantener el diálogo desde la infancia ayuda a construir la confianza necesaria para acompañar los cambios de la adolescencia

El objetivo no es resolver todo en una sola charla, sino sostener una presencia afectuosa y firme. Cuando las señales generan preocupación, pedir ayuda profesional a tiempo es una forma concreta de cuidado