“Era un lugar mágico”. Así recordó Brad Pitt su paso por la Argentina, más de dos décadas después de haber filmado Siete años en el Tíbet en Mendoza. En otra aparición pública, también destacó la comida, el asado y el vino, y resumió aquella estadía como una experiencia difícil de olvidar

El actor llegó en septiembre de 1996 para trabajar en distintas locaciones de la provincia, entre ellas el Parque Provincial Aconcagua, Uspallata y Chacras de Coria. Durante ese período se alojó en una casona de la zona y, cuando el rodaje se extendía de noche, también pasaba tiempo en una vivienda militar cercana al área de filmación

Blanco, el perro que viajó a Los Ángeles

Entre las postales más recordadas de esa visita aparece la de un perro al que Pitt terminó adoptando. La imagen del actor abrazado al animal alimentó durante años la duda sobre su destino, hasta que él mismo confirmó que lo había llevado consigo a Estados Unidos y que lo había llamado Blanco

En esa misma visita también habría rescatado a otros perros, a los que cuidó y preparó para adopción. Blanco, en cambio, se quedó con él

Un rodaje que movió a Mendoza

La producción fue enorme y demandó mano de obra en distintos puntos de la provincia. Hubo trabajo para técnicos, extras y personal de apoyo, además de la adaptación de galpones y espacios industriales para transformarlos en estudios improvisados

Fernando Martín, un estudiante de Ingeniería Electrónica de 19 años, terminó siendo el doble de Pitt. Le aclararon el pelo, lo tiñeron de rubio y lo usaron para pruebas de luz, planos lejanos y algunas tomas de manos y silueta. No apareció en pantalla, pero formó parte del dispositivo de rodaje

Otra presencia clave fue la de María Teresa Barbera, chef de La Marchigiana, a quien Pitt le pidió que cocinara para su cumpleaños, el 18 de diciembre de 1996. También visitó el restaurante en más de una ocasión junto a Gwyneth Paltrow. Barbera recuerda que el actor esperó su turno como cualquier integrante del equipo cuando ella intentó atenderlo primero

Monjes, extras y una multitud imposible de controlar

La filmación también necesitó monjes tibetanos, que debieron ser convocados de distintos lugares, además de extras argentinos y bolivianos para completar las escenas. Como no se pudo rodar en la locación original prevista, la producción terminó trasladándose a la Argentina

El entusiasmo por la presencia de Pitt se hizo evidente desde el primer momento. En Mendoza, la producción debió reforzar la seguridad porque cada salida del actor reunía curiosos y fanáticos alrededor del set

La Plata y el final entre gritos

La última etapa del rodaje fue en La Plata, sobre todo en la estación ferroviaria. Allí se concentraron decenas de admiradoras, algunas durante horas, y hubo incluso desmayos aislados por el calor y la espera

El cierre estuvo marcado por el desborde de público, los gritos y la presencia de un doble local que llamó la atención entre las vallas. Como gesto final, en la vereda apareció un cartel de bienvenida que sintetizó el clima de aquellos días: una ciudad entera recibiendo a una estrella de Hollywood