Romina y Lucía todavía recuerdan el peso de las esposas, las cadenas y los grilletes durante cada traslado. Después de 76 días de detención, las dos hermanas argentinas finalmente abordaron un vuelo de regreso a su país y dejaron atrás un proceso que describen como degradante y lleno de obstáculos
Las dos, de 34 y 24 años, fueron detenidas el 14 de junio en Miami cuando iban camino al trabajo. Habían aceptado la deportación de inmediato, pero aseguran que eso no aceleró su salida. Por el contrario, comenzaron semanas de traslados, esperas y trámites fallidos hasta que lograron volver a la Argentina el viernes pasado
Un arresto que cambió todo
Romina llevaba varios años en Estados Unidos. Había conseguido trabajo formal, pagaba impuestos y había logrado cierta estabilidad en Florida. Lucía había viajado después para visitarla y decidió quedarse. Ninguna había iniciado el trámite de residencia. Con el endurecimiento de la política migratoria, dicen, procuraban moverse con cautela y evitar zonas donde hubiera operativos
Ese día, sin embargo, los oficiales siguieron el auto de Romina, le ordenaron detenerse y desplegaron varios patrulleros. En el vehículo también viajaban Lucía, una mujer colombiana que tramitaba su residencia y dos adolescentes. Los mayores fueron llevados a oficinas del ICE. Allí, según relatan, comenzaron los malos tratos, las burlas y el trato que sintieron como humillante
El encierro y la espera
Las hermanas afirman que les prometieron una salida rápida, pero esa previsión nunca se cumplió. La demora se extendió por 76 días. Más tarde les dijeron que el retraso se debía a la supuesta pérdida de sus pasaportes. Con el correr de las semanas, esa versión se desarmó: los documentos habían quedado siempre en poder de los funcionarios y fueron devueltos recién al final, antes del embarque
Durante ese período, pasaron por distintos centros de detención. En uno de ellos, en Luisiana, convivieron con más de un centenar de mujeres en un espacio pensado como un gran galpón, con baños insuficientes, poco acceso a higiene y colchones improvisados. También describen comida de muy baja calidad, agua turbia, picaduras de insectos y escasa atención médica
Asistencia mínima y desgaste físico
Lucía cuenta que sufrió deshidratación por temor a tomar agua contaminada. Romina recuerda el caso de una embarazada con antecedentes de abortos espontáneos que pedía ayuda sin obtener respuestas rápidas. También mencionan dolores, ronchas, sarpullidos y caída del pelo como parte del deterioro físico que atravesaron en cautiverio
El contacto con sus familias fue limitado. Para hablar con su madre, recurrían a una amiga que encadenaba dos llamadas en un mismo teléfono. Las computadoras del pabellón servían para enviar mensajes al agente a cargo del caso, pero aseguran que nunca recibieron respuesta
El regreso
La señal de que su salida estaba cerca llegó por un cambio en el sistema interno del centro. Luego hubo nuevas demoras, incluso después de que les avisaran que viajarían. Finalmente, tras otra noche de espera en un sector del aeropuerto, fueron llevadas al avión que las trajo de vuelta al país
Ya sentadas en sus asientos, una azafata se acercó para ofrecerles agua. Ese gesto, dicen, fue el primero de humanidad que sintieron en mucho tiempo. Cuando el avión despegó, las dos se abrazaron y lloraron. Después de semanas de incertidumbre, la sensación de volver a casa se impuso sobre todo lo demás