Irena Sendler cargó durante años con recuerdos que no la abandonaban. Decía que le costaba hablar de lo vivido y que todavía la perseguían las pesadillas en las que pedía permiso a los padres para llevarse a sus hijos sin poder prometerles que sobrevivirían
Esa escena resume la dimensión humana de su tarea: en la Varsovia ocupada por la Alemania nazi, ayudó a sacar del gueto a miles de chicos y a sostener una red clandestina que intentó darles una oportunidad de vida cuando el destino parecía sellado
Una educación marcada por la solidaridad
Su padre, Stanislaw Krzyzanowski, fue un médico volcado a las causas sociales. Atendía sin cobrar a pobres polacos y judíos, y le transmitió a su hija una idea que ella nunca olvidó: la dignidad de las personas no dependía de la nacionalidad, la raza ni la religión
La familia vivió de cerca el costo de ese compromiso. Stanislaw murió en 1917, tras contagiarse de tifus mientras asistía a enfermos que otros evitaban tratar. Después, la comunidad judía de Otwock ofreció ayudar con los estudios de Irena, pero su madre rechazó la propuesta y siguió adelante por sus propios medios
Del activismo estudiantil al trabajo social
Ya de joven, Sendler se involucró en causas sociales y políticas. Estudió en Varsovia, se vinculó con el trabajo social y se opuso a las prácticas antisemitas que crecían en la universidad, donde incluso desobedeció la separación de bancos entre estudiantes polacos y judíos
Más adelante trabajó en la asistencia pública y en áreas vinculadas con madres y niños. Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, esa experiencia se volvió decisiva: empezó a colaborar en la clandestinidad para ayudar a judíos perseguidos, distribuir recursos, localizar desaparecidos y sostener a quienes estaban escondidos
Entrar al gueto, sacar a los niños
La situación en Varsovia se volvió cada vez más extrema. Los judíos fueron obligados a usar la estrella de David, perdieron bienes y quedaron encerrados en el gueto, donde la hambruna, el frío y las enfermedades se cobraban vidas todos los días
Sendler y sus compañeras consiguieron permisos sanitarios que les permitían entrar y salir con cierta cobertura legal. Con eso llevaron alimentos, medicamentos y dinero, y también observaron de primera mano la magnitud de la tragedia
Cuando comenzaron las deportaciones masivas, la prioridad cambió: había que sacar a los más chicos. Los escondían en camiones, tranvías o pasos subterráneos, les daban nuevas identidades y los alojaban en casas seguras, donde aprendían polaco y esperaban tiempos mejores
Guardar nombres para devolver vidas
Sendler entendía que salvar a los niños no bastaba si luego no podían reencontrarse con sus familias. Por eso anotó sus nombres verdaderos, los falsos y las direcciones de refugio en tiras de papel de seda que guardó en secreto para el final de la guerra
En octubre de 1943 fue detenida por la Gestapo, torturada y llevada a prisión. No reveló nada sobre la red de ayuda. Poco antes de su ejecución, miembros de la resistencia sobornaron a los guardias y consiguió escapar. Su archivo de nombres quedó oculto hasta la liberación de Varsovia
La voluntad contra el terror
Tras la guerra, esa lista permitió buscar a los niños sobrevivientes, reunirlos con familiares y derivar a orfanatos a quienes no tenían a nadie. La célula encabezada por Sendler logró salvar a 2.500 chicos, aunque ella insistió en que la cifra total debió ser mayor
Con el tiempo recibió numerosos reconocimientos y fue conocida como el ángel de Varsovia. Aun así, nunca se mostró satisfecha con su propio papel. Sobre el miedo, dejó una frase que condensó toda su vida: “Al miedo se lo domina. Es una cuestión de voluntad”