Kenneth Branagh volvió a Stratford-upon-Avon, el lugar donde empezó a construir su carrera teatral, para ponerse al frente de dos montajes consecutivos de Chéjov y Shakespeare. El retorno no es solo profesional: también parece cerrar un círculo iniciado cuando tenía 23 años y debutó en la Royal Shakespeare Company con Enrique V
En El jardín de los cerezos, Branagh interpreta a Lopakhin, un hombre práctico que intenta convencer a Madame Ranyevskaya de vender una finca agobiada por las deudas. La obra, adaptada por Laura Wade y dirigida por Tamara Harvey, gira en torno a las despedidas, la nostalgia y la dificultad de aceptar que el tiempo avanza
Un Lopakhin sereno, más razonable que voraz
Branagh compone a Lopakhin con su acento norirlandés, una decisión que refuerza la idea de raíces revisadas. Su personaje aparece menos como un oportunista que como alguien con los pies en la tierra, casi un administrador preocupado por evitar una caída mayor. Esa lectura lo acerca a una figura de equilibrio en medio de un grupo atrapado por la frustración y el apego al pasado
El reparto sostiene esa tensión con precisión. Bill Pullman encarna a un Gaev excéntrico y verborrágico; Guy Henry da a Pishchik una mezcla de encanto y oportunismo; y Michael Elwyn aporta una tristeza persistente al viejo Firs. La escenografía, con tonos apagados y aire desgastado, subraya la sensación de un mundo que se desmorona sin estridencias
La tempestad y el regreso del hombre que decide el cambio
En La tempestad, Branagh vuelve a colocarse en el centro de la acción como Próspero, otra vez en el papel del agente que ordena, corrige y finalmente suelta. Su interpretación, de tono contenido, se apoya en una puesta en escena elegante, con una imagen visual poderosa y una lectura que sugiere ecos poscoloniales sin subrayarlos en exceso
Ambas obras dialogan entre sí: una mira hacia el pasado que se pierde; la otra, hacia la renuncia al poder y la despedida. Leídas juntas, hacen que la vuelta de Branagh a la Royal Shakespeare Company se parezca menos a una simple nostalgia que a una demostración de vigencia. A los 65 años, todavía deja la sensación de tener mucho por ofrecer