La Mojana no es una llanura ajena al agua. Su paisaje, extendido sobre sectores de Sucre, Córdoba y una franja de Bolívar, forma parte de la Depresión Momposina y ha convivido durante milenios con ríos, caños y ciénagas. Para los investigadores, las inundaciones hacen parte de esa dinámica natural desde hace al menos 10.000 años

La diferencia está en la forma en que se ha intentado intervenir el territorio. Mientras muchas obras recientes buscan encerrar o desviar el agua, las sociedades indígenas que habitaron la zona durante más de dos milenios optaron por otra lógica: distribuirla, conducirla y aprovechar sus ciclos mediante canales y camellones

Un territorio que no puede leerse sin el agua

El estudio, desarrollado por arqueólogos del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, la Universidad de Cambridge y la Universidad de Santiago de Compostela, vuelve sobre una pregunta abierta desde hace décadas: cómo se construyó una infraestructura agrícola de tal magnitud en un espacio sometido a inundaciones permanentes

Los análisis sugieren que no fue necesaria una autoridad central capaz de movilizar multitudes. La hipótesis más reciente apunta a grupos relativamente pequeños, organizados desde las unidades domésticas y la cooperación, que habrían levantado esas obras en lapsos más cortos de lo que antes se pensaba

Camellones para cultivar entre las aguas

Fernando Montejo, subdirector de Gestión del Patrimonio del Icahn, sostiene que el sistema prehispánico partía de una idea opuesta a la actual: no bloquear el agua, sino acomodarse a ella. Según explica, elevar el suelo permitía mantener la humedad en niveles aptos para el cultivo y producir durante casi todo el año en un entorno donde hoy solo quedan algunos meses secos para sembrar

Los estudios arqueológicos también registran una diversidad importante de alimentos y recursos: yuca, maíz, batata, Ipomoea, palmas como Elaeis oleifera y al menos nueve especies de peces, algunas ya desaparecidas de la región

Una crisis que va más allá de las inundaciones

La crisis actual de La Mojana no se explica solo por el desbordamiento de las aguas. Montejo advierte que la región también enfrenta contaminación asociada a la minería de oro en las cuencas altas, con presencia de metales pesados que deterioran los ecosistemas y afectan a las comunidades

Para el investigador, intentar convertir La Mojana en un territorio seco desconoce su propia naturaleza geológica. La subsidencia del terreno, el comportamiento de los ríos y las lluvias hacen imposible eliminar por completo el riesgo de inundación

El debate sobre cómo intervenir

La discusión se cruza con las experiencias recientes en Cara de Gato, uno de los puntos más críticos de la emergencia. Allí confluyeron la dinámica natural del río Cauca, la sedimentación, la minería ilegal y otras alteraciones humanas que terminaron debilitando el sistema

Carlos Carrillo, exdirector de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres entre marzo de 2024 y junio de 2026, defiende la idea de que los desastres no nacen de la naturaleza, sino de las decisiones humanas sobre territorios que cumplen funciones hídricas. También cuestiona las obras de contención que buscan fijar de manera artificial un paisaje que cambia por definición

La salida no puede imponerse desde afuera

Montejo considera que cualquier intento de recuperar principios del sistema ancestral debe comenzar con las comunidades de La Mojana y del Bajo San Jorge. Su propuesta es probar soluciones a pequeña escala, adaptadas a las necesidades actuales y construidas desde el conocimiento local

El Estado, en ese escenario, no debería llegar con un diseño cerrado, sino respaldar procesos que nazcan desde el territorio. Según el investigador, ya hay líderes comunitarios que han empezado a levantar pequeñas elevaciones de tierra y a comprobar que esa lógica puede funcionar

Patrimonio para cuidar el futuro

La reciente declaratoria de una parte del territorio como Área Arqueológica Protegida busca conservar los vestigios sin separar la protección patrimonial de la vida cotidiana de sus habitantes. La medida no pretende congelar el uso del suelo, sino compatibilizar conservación y actividad productiva

Montejo insiste además en que el paisaje prehispánico tenía más bosque que el actual. Recuperar parte de esa cobertura vegetal, dice, podría ayudar a enfrentar efectos locales del cambio climático sin romper con las actividades económicas de la región

La lección que deja la investigación no es una invitación a copiar el pasado, sino a releerlo. En La Mojana, las sociedades antiguas no combatieron el agua: aprendieron a vivir con ella. Esa sigue siendo la pregunta de fondo para el presente