Algunas cicatrices no son el resultado de una elección, sino la consecuencia visible de una enfermedad, una operación o una vida atravesada por circunstancias difíciles. Para algunas personas, tatuarlas se convierte en una manera de recuperar el vínculo con el propio cuerpo

Silvia y una flor para cerrar una etapa

Silvia tenía 38 años cuando un bulto en una de sus mamas comenzó a crecer. El diagnóstico dio paso a la quimioterapia, los cambios físicos, la caída del cabello y una cirugía que dejó una cicatriz que le recordaba los momentos más duros del tratamiento

Después de dos años de tratamientos y búsquedas personales, acompañó a su hermana a un estudio de tatuajes. Allí contó que no soportaba la marca que tenía en la mama derecha. Su hermana decidió regalarle el diseño

Así conoció a Eddy, quien hasta ese momento nunca había tatuado una cicatriz de cáncer de mama. Juntos eligieron una flor de sakura, asociada con la belleza pasajera y el renacimiento

Para Silvia, el tatuaje no borró lo vivido, pero modificó la forma de mirar esa parte de su cuerpo. “Sentí que fue un mimo a la cicatriz”, explicó. A los 49 años, asegura que ahora puede quitarse el corpiño, mirarse y sentirse cómoda con lo que ve

Isabella y las margaritas de la supervivencia

Isabella tenía 13 años cuando un fuerte dolor abdominal la llevó al quirófano. Lo que parecía una apendicitis derivó en el diagnóstico de una enfermedad hepática autoinmune. Durante su adolescencia recibió corticoides e inmunosupresores, medicamentos que modificaron notablemente su cuerpo

A los 19 años inició un proceso de terapia transpersonal y búsqueda espiritual. En 2021, cuando tenía 27 años, su enfermedad hepática llegó a una instancia crítica y debió ingresar en una lista de espera para un trasplante

Su hermana mayor, Camila, resultó ser compatible como donante viva. Ambas fueron operadas el 1.º de septiembre de 2021. Isabella sufrió un trombo pocas horas después de la intervención, permaneció 26 días internada y atravesó una recuperación compleja

La operación dejó una extensa cicatriz horizontal en su abdomen. Primero evaluó realizarse un tratamiento con láser, pero su hepatólogo le advirtió que el resultado sería limitado. Entonces decidió buscar a alguien que pudiera tatuarla

Tras consultar a unos 60 tatuadores en Chile, donde nació, encontró el trabajo de Eddy. Él viajó especialmente para realizar el diseño que habían pensado juntos: unas margaritas, iguales a las que Isabella utiliza en la descripción de su WhatsApp

Malena y una nueva forma de contar su historia

A Malena le diagnosticaron osteogénesis imperfecta pocos días después de nacer. La enfermedad, conocida como “huesos de cristal”, la llevó a atravesar cerca de 200 fracturas y numerosas intervenciones durante sus 26 años

Estudiante de Nutrición, jugadora de tenis de mesa adaptado y promotora de la inclusión, Malena no vivió sus cicatrices como la consecuencia de un único episodio. Son parte de la historia de su cuerpo y de su experiencia cotidiana en silla de ruedas

Su acercamiento al tatuaje no surgió del deseo de ocultarlas, sino de resignificarlas. Eddy la contactó luego de conocer su trabajo de visibilización y activismo. El diseño elegido fue el emblema del proyecto Cerrando Heridas: un corazón rodeado de flores

La idea es continuar trabajando sobre la cicatriz que recorre su columna. Sin embargo, la primera sesión ya produjo un efecto significativo. “No para ocultar una historia, sino para transformar cómo la contás”, explicó

Un trabajo que exige técnica y sensibilidad

Eddy es un artista venezolano que trabaja con marcas en la piel desde Studio X Project. Su premisa es que el objetivo no debe ser simplemente cubrir una cicatriz, sino acompañar un proceso de sanación

Su primera experiencia en este campo fue con una mujer de 67 años que llegó al estudio impulsada por su hijo. El trabajo se extendió durante cuatro sesiones y le permitió conocer las huellas de una época marcada por accidentes, precariedad y desigualdades

Según explica, tatuar una cicatriz quirúrgica, traumática o infecciosa requiere paciencia, diseños adecuados y agujas que no dañen aún más la piel. La superficie puede ser irregular y limitar el uso de ciertos colores o recursos técnicos

Sin embargo, considera que el mayor desafío no está en la piel, sino en la persona que llega al estudio. Muchas veces, junto con la cicatriz aparecen la vergüenza, el deseo de ocultarse o el cansancio provocado por las preguntas invasivas de otras personas

Por eso evita exigir explicaciones. Prefiere que cada cliente decida qué quiere contar y cuándo hacerlo. En esos casos, su tarea deja de ser únicamente artística y se convierte también en una forma de acompañamiento

Para Eddy, tatuar estas marcas es participar de una transformación. Cuando la persona observa el resultado terminado, puede comenzar una relación diferente con aquello que durante años le produjo rechazo o incomodidad

La tinta no elimina el pasado ni cambia lo ocurrido. Pero puede abrir una nueva etapa: una manera distinta de habitar el cuerpo y de narrar una historia que ya no queda definida únicamente por la herida