Han pasado 20 años desde el 3 de septiembre de 2006, cuando España se proclamó campeona del mundo en Saitama y dio comienzo a la gran edad dorada del baloncesto nacional

La final dejó una imagen imborrable: un 70-47 ante Grecia, un triunfo completo en ataque y defensa y una celebración que quedó instalada en la memoria colectiva. Pau Gasol, lesionado en la semifinal, fue elegido mejor jugador del torneo tras firmar una actuación sobresaliente durante todo el campeonato

Un grupo que jugaba como un bloque

Más allá del resultado, aquel equipo se definió por su cohesión. Berni Rodríguez lo resume como un grupo de amigos capaz de hacer historia. España compitió con la misma determinación en un amistoso que en una final mundialista, con una mezcla poco habitual de talento, confianza y conexión dentro y fuera de la pista

La selección ganó sus 18 partidos de aquella campaña, entre preparación y torneo. En la fase de grupos pasó por encima de Alemania, Japón, Panamá, Nueva Zelanda y Angola, y después eliminó a Serbia en octavos y a Lituania en cuartos. Solo Argentina logró mantener el pulso hasta el último segundo

La mezcla perfecta

La plantilla reunía estrellas en plenitud como Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y José Manuel Calderón con veteranos de peso como Jorge Garbajosa y Carlos Jiménez. A ello se sumaban jóvenes como Rudy Fernández y Marc Gasol, además de perfiles de apoyo que reforzaban el equilibrio del grupo

El título de Saitama supuso un antes y un después para el baloncesto español. Hasta entonces, el gran referente era la plata olímpica de 1984 y el oro junior de 1999. Desde aquella madrugada japonesa, España encadenó una colección de éxitos internacionales que incluyó otros dos oros mundiales, cuatro Eurobaskets y dos platas olímpicas

La herencia de Saitama

La huella de aquel equipo se prolongó durante casi dos décadas, hasta la retirada de Rudy Fernández en 2024, el último superviviente de aquella generación en activo. Su legado no fue solo de títulos: también cambió la ambición de una selección que aprendió a competir por todo

Cuando España regresó a Madrid con el trofeo, Pepu Hernández pidió a la afición que celebrara mucho más que un campeonato. Aquella noche, el país descubrió que el baloncesto también podía llevarlo a la cima