Roger Federer tuvo una noche inolvidable en Newport, Rhode Island, donde fue incorporado al Salón de la Fama del Tenis Internacional ante figuras históricas del deporte, entre ellas Gabriela Sabatini. A los 45 años y cinco temporadas después de su último partido oficial, el suizo se mostró conmovido y cercano en una ceremonia marcada por los aplausos y las lágrimas

La familia, en el centro del homenaje

El acto comenzó con el discurso de Mirka Vavrinec, su esposa, quien recordó el trabajo, la disciplina y la dimensión humana del extenista por encima de su elegancia dentro de la cancha. También repasó la historia de la pareja, iniciada en Sydney 2000, y destacó el papel decisivo que ella tuvo en una carrera tan extensa como exitosa

Federer respondió con una sonrisa y una broma afectuosa, antes de tomar la palabra en uno de los momentos más esperados de la noche

Un repaso por su camino

Durante 28 minutos, Federer alternó recuerdos, gratitud y emoción. Se quebró varias veces, bebió agua para recomponerse y evitó centrar su mensaje en las estadísticas de su carrera. En cambio, agradeció a sus padres, a sus entrenadores, a los integrantes de sus equipos, a su manager, a los patrocinadores, a los directores de torneos y a los fanáticos

También evocó detalles menos visibles de su trayectoria, como las vinchas y las medias que usó en sus partidos, y dijo que ingresar al Salón de la Fama lo hacía sentirse parte de la historia grande del tenis

El juego, la infancia y Mirka

Federer insistió en que su vínculo con el tenis nació del juego y no solo del esfuerzo. Recordó su infancia en Basilea, sus años como alcanzapelotas en el torneo de su ciudad y sus primeros contactos con el deporte, cuando jugaba con raquetas de madera

En otro tramo emotivo, habló de Mirka como compañera de vida y madre de sus cuatro hijos. Dijo que ella le enseñó a concentrarse más en el tenis sin perder de vista lo demás, y la describió como alguien capaz de hacer posible lo imposible en la vida familiar

El cierre fue fiel al tono de toda la noche: agradeció al público por elegir el tenis y por acompañar su recorrido. El resultado fue un homenaje sobrio, sensible y profundamente personal, a la altura de una de las figuras más influyentes en la historia del deporte