MAR DEL PLATA. La expansión de la inteligencia artificial no depende únicamente del desarrollo de software. También exige energía, redes, centros de datos, agua, minerales y profesionales capacitados. Sin esa base, los anuncios tecnológicos pueden quedar lejos de su aplicación concreta

Ese fue uno de los ejes planteados por Mark Esposito durante el 62° Coloquio de IDEA. El especialista sostuvo que los países que solo consumen tecnologías diseñadas por otros corren el riesgo de transformarse en “colonias digitales”, con escaso margen para definir sus propias reglas

La infraestructura como condición previa

En el caso argentino, Esposito vinculó el debate con los proyectos para instalar centros de datos. Antes de avanzar, planteó la necesidad de determinar si el país cuenta con la infraestructura suficiente para sostenerlos

La inteligencia artificial requerirá ampliar la generación eléctrica y las redes de transporte. También demandará agua para refrigerar los equipos y tendrá efectos sobre las comunidades donde se radiquen esas instalaciones. Por eso, las inversiones deben evaluarse no solo por su volumen, sino también por su impacto y sostenibilidad

Recursos que pueden convertirse en influencia

El especialista identificó en la Argentina varios activos estratégicos: capital humano con formación técnica, minerales, disponibilidad energética, adopción digital y un sistema democrático capaz de favorecer acuerdos de largo plazo

Sin embargo, advirtió que contar con esos recursos no alcanza. La diferencia está en la capacidad de utilizarlos para negociar. Un mineral puede exportarse sin mayor transformación o convertirse en una herramienta de influencia internacional

Como referencia, mencionó el dominio chino sobre las tierras raras y su utilización en la relación comercial con Estados Unidos. La pregunta para la Argentina, según su planteo, es si puede pensar sus recursos como una fuente de poder y no únicamente como un factor de dependencia

Una transición con tres dimensiones

Esposito describió el proceso como una transición simultáneamente tecnológica, energética y geopolítica. La primera abarca la inteligencia artificial y los datos; la segunda, la infraestructura necesaria para sostenerlos; y la tercera, la definición del lugar que cada país busca ocupar en un escenario internacional más cambiante

En ese contexto, controlar chips, minerales, energía, agua o capacidad de procesamiento puede ofrecer una ventaja en las negociaciones. Los países que no desarrollen capacidades propias, en cambio, tendrán menos herramientas para establecer condiciones

Adoptar tecnología más allá de las oficinas centrales

El experto también llamó a las empresas a no medir su avance por la novedad del modelo de inteligencia artificial que incorporan. La prioridad, sostuvo, debería ser extender el uso de estas herramientas a las operaciones, los proveedores y toda la cadena productiva

Para la Argentina, propuso la posibilidad de convertirse en un “puente regional confiable”. El país parte de una posición todavía inferior al promedio de la OCDE en distintos indicadores, pero cuenta con sectores donde podría probar aplicaciones concretas, como la agricultura, los servicios públicos, la educación y la salud

Un plazo de 24 meses

La propuesta incluye una hoja de ruta para los próximos dos años: definir reglas, establecer el papel que el país quiere desempeñar, iniciar proyectos piloto, recopilar resultados, desarrollar redes y convertir en políticas permanentes las iniciativas que funcionen

La Argentina, concluyó Esposito, todavía tiene la posibilidad de participar en la definición del nuevo orden tecnológico. Para hacerlo, deberá transformar sus recursos en capacidades concretas y tomar decisiones antes de que otros países establezcan por ella las condiciones del futuro