El filósofo y psicólogo Miguel Benasayag sostiene que la inteligencia artificial obliga a revisar qué se entiende por singularidad humana. A su juicio, el avance de los sistemas algorítmicos expone el componente mecánico del pensamiento, pero no puede reproducir el deseo, la pulsión ni la experiencia subjetiva

Benasayag, nacido en Buenos Aires en 1953 y radicado en Francia, desarrolla estas ideas en La época de la intranquilidad, un libro escrito junto con el filósofo italiano Teodoro Cohen. La obra fue concebida como un diálogo entre generaciones atravesadas por amenazas económicas, ecológicas y epidemiológicas

La creatividad no se reduce al cálculo

El autor recuerda que tuvo su primer contacto con la inteligencia artificial hace diez años, cuando todavía era una herramienta restringida al ámbito de la investigación. Junto con un colega pidió generar una imagen de dos personas tomando un aperitivo en Marte, inspirada en el estilo de Eugène Delacroix. Aquella experiencia le mostró por primera vez una forma de creatividad producida por una máquina

Sin embargo, considera que la creatividad humana nace de impulsos que no son enteramente racionales. El deseo, la imaginación y la capacidad de dejarse afectar por el mundo son, según explica, motores centrales de la acción. La razón interviene, pero no organiza por completo la vida de las personas

También marca una diferencia entre la producción algorítmica y la sensibilidad histórica. Una máquina puede incorporar información sobre una época, pero no experimentar el desconcierto que surge cuando una sociedad atraviesa una transformación profunda. Esa percepción del clima cultural, afirma, es una dimensión que el cálculo no puede sentir

Una tecnología integrada sin desplazar lo vivo

Para Benasayag, el desafío no consiste en rechazar la tecnología ni en defender una supuesta humanidad pura. Esa idea, sostiene, parte de una imagen de lo humano que nunca existió. La cuestión central es construir una relación con las herramientas digitales que no subordine la vida, la democracia y la cultura a la lógica de la eficiencia

El GPS funciona como ejemplo de esa tensión. Permite llegar rápidamente de un sitio a otro, pero puede hacer desaparecer la experiencia del trayecto y del territorio. Algo similar ocurre cuando una persona comparte una angustia con una máquina: puede recibir una respuesta, aunque se pierde la dimensión del vínculo con otro ser humano

El filósofo propone, por eso, una combinación entre lo virtual y lo real que no elimine la complejidad de la experiencia. La relación, la presencia y aquello que no puede medirse también forman parte de la vida

El arte frente a la turbulencia del presente

El avance de la inteligencia artificial tampoco debería llevar a los artistas a abandonar su capacidad de percibir el mundo. Músicos, escritores y pintores, plantea Benasayag, trabajan a partir de las tensiones y los conflictos de su tiempo

Las máquinas pueden incorporarse a un proceso creativo, pero no deberían determinarlo. Para el autor, la función histórica del arte consiste en registrar los cambios, atravesar el caos y convertir esa experiencia en nuevas formas de expresión

La pandemia de coronavirus aceleró esa percepción de incertidumbre. El aislamiento y la crisis sanitaria obligaron a muchas personas a replantearse el sentido de sus trabajos, sus carreras y sus proyectos de vida. También hicieron más visible que el mundo ya había cambiado, aunque millones de personas todavía vivieran como si nada hubiera ocurrido

Recuperar un sentido sin esperar una promesa futura

El filósofo observa que durante buena parte del siglo XX el futuro funcionó en Occidente como una promesa capaz de orientar la acción. En el presente, esa perspectiva fue reemplazada por un relativismo cultural y un individualismo que dificultan la construcción de objetivos compartidos

La salida, según su planteo, no pasa por seguir a una vanguardia ni por obedecer a un líder que asegure conocer el porvenir. Se trata de encontrar sentido en el presente, sin depender de una recompensa situada siempre más adelante

En ese contexto, el malestar de muchos jóvenes expresa la percepción de un mundo caótico, la falta de propósito y el temor a perder el trabajo. Benasayag advierte que ese sufrimiento no debería ser simplemente silenciado con medicamentos o drogas, sino transformado en capacidad de actuar

El costo de vivir bajo disponibilidad permanente

La conexión constante también modifica la relación con el trabajo. La posibilidad de estar localizable en todo momento extiende las exigencias laborales sobre la vida cotidiana y consolida un productivismo que, a largo plazo, resulta destructivo

El autor considera que el mundo empresarial debería revisar ese modelo, porque su aparente éxito puede convertirse en una derrota. La búsqueda permanente de rendimiento termina debilitando las condiciones que sostienen la vida social y personal

Algo parecido ocurre con la percepción de que nunca hay tiempo suficiente. El tiempo físico no se acelera ni se detiene, pero la presión por imitar la velocidad de las máquinas lleva a ignorar los ritmos biológicos y culturales

Las aplicaciones de citas representan, para Benasayag, otro ejemplo de esa reducción de la experiencia. Al organizar los encuentros según criterios de utilidad y disponibilidad, pueden evitar la complejidad del vínculo y limitar la aparición de dimensiones subjetivas inesperadas

La propuesta de una sobriedad alegre

Frente al consumo excesivo, el filósofo plantea la idea de una “sobriedad alegre”. No se trataría de vivir la renuncia como una carencia o una imposición, sino de descubrir que muchas cosas no son necesarias

Ese cambio exigiría crear una estética y una visión del mundo alternativas, capaces de valorar lo que no responde a una finalidad inmediata. En esa zona de lo aparentemente inútil ubica la vida, el amor y la creación: experiencias que no producen un beneficio medible, pero que dan forma a la existencia