El inesperado triunfo de Flavio Bolsonaro en las elecciones brasileñas representa un golpe para los defensores de la democracia y confirma el cierre de un ciclo político. Aunque aún se discute la posibilidad de una segunda vuelta el 25 de octubre, el resultado ya modificó el escenario nacional

Como ocurre en otras partes del mundo, ni la izquierda ni la derecha parecen haber encontrado un proyecto capaz de responder a la etapa que comienza

El desgaste del liderazgo de Lula

Lula, presidente octogenario, inspiró a la izquierda brasileña desde la década de 1980. Fue candidato en los primeros años de la nueva democracia y perdió las elecciones de 1989, 1994 y 1998, antes de llegar a la Presidencia en 2002

Durante más de una década, buena parte del electorado temió confiar el poder a quien era percibido como un dirigente radical. Lula logró revertir esa desconfianza al demostrar que podía encarnar una izquierda democrática y moderada

El Partido de los Trabajadores se convirtió entonces en el eje de este período histórico y gobernó durante 18 años a lo largo de cuatro décadas de democracia

Pero la trayectoria de Lula también revela el problema del líder considerado irremplazable. Su candidatura fue necesaria en sucesivas oportunidades para sostener la confianza electoral en el PT, mientras el partido postergaba su renovación

Con el paso del tiempo, los proyectos del oficialismo envejecieron junto con su principal figura. Un dilema parecido puede alcanzar al Partido Republicano de Donald Trump y al peronismo de Cristina Kirchner. Sin sus líderes, esas fuerzas pierden confianza; con ellos, encuentran dificultades para proyectarse hacia el futuro

Una derecha radical que conserva poder

La recuperación del bolsonarismo, pese al encarcelamiento de su líder histórico y a su conducta golpista en 2023, demuestra que la derecha radical no fue un fenómeno pasajero

La comparación con Estados Unidos resulta significativa. Allí, la Corte Suprema protegió a Donald Trump y facilitó su regreso a la Casa Blanca en 2024. En Brasil, el Supremo Tribunal Federal defendió la democracia y condenó a Jair Bolsonaro, pero esa decisión no desarticuló su movimiento político

Ambos tribunales atraviesan crisis de legitimidad, aunque por motivos opuestos. En los dos países, sin embargo, la derecha radical continúa siendo una alternativa de poder

El desafío de imaginar el futuro

Al igual que el movimiento MAGA, el bolsonarismo expresa un proyecto centrado en la negación. Aunque puede representar a sectores relevantes, como los grupos evangélicos, su propuesta apunta más a corregir el pasado que a construir el porvenir

Su agenda combina una política de seguridad opuesta al garantismo, una reforma institucional dirigida contra el Supremo Tribunal Federal y una agenda moral enfrentada a las transformaciones de la modernidad

La segunda administración de Trump mostró cómo un proyecto sin ambición de futuro puede derivar en excesos ideológicos, vendettas personales, violaciones de derechos humanos y corrupción familiar. Esos factores terminan consumiendo el capital electoral

La derecha brasileña enfrenta un riesgo similar si no logra articular una visión positiva que oriente su propuesta. El cansancio social con el PT, por sí solo, no alcanza para inaugurar una nueva etapa política

En 1941, durante un período más oscuro para la democracia, el escritor austríaco Stefan Zweig definió a Brasil como “el país del futuro”. Sin embargo, el futuro estuvo ausente de esta campaña

El oficialismo se concentró en defender cuatro décadas de democracia y la oposición, en cuestionarlas. En un mundo próximo a una profunda transformación tecnológica, ninguna de las dos fuerzas ofreció ideas nuevas para imaginar las cuatro décadas siguientes

La prueba para Flavio Bolsonaro

En los próximos días, muchos votantes brasileños podrían preguntarse si es conveniente entregar el poder a un dirigente radical. Como Lula tres décadas atrás, Flavio Bolsonaro tendrá que demostrar que es posible construir una derecha razonable y democrática

Solo a partir de esa transformación su movimiento podrá aspirar a convertirse en el eje de una nueva era

Aníbal Pérez Liñán es profesor de ciencia política y director del Instituto Kellogg de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos