La primera vuelta del 4 de octubre dejó un mensaje contundente en Brasil: el desgaste se concentró en Luiz Inácio Lula da Silva, más que en el Partido de los Trabajadores (PT). Aunque el mandatario conserva posibilidades para el balotaje del 25 de octubre, su gobierno enfrenta un fuerte rechazo político y social
Entre los cuestionamientos aparecen el aumento del gasto público, el riesgo de una crisis fiscal, la inflación creciente y las altas tasas de interés, consideradas un freno para la inversión y una amenaza para empresas y familias. También pesa la expansión de la criminalidad, que afecta a una cuarta parte del país
Un PT debilitado en sus bastiones
El oficialismo perdió fuerza incluso en territorios históricamente vinculados con Lula. El PT solo retuvo gobernaciones en tres estados, zonas donde los programas sociales tienen una presencia decisiva
La izquierda también mostró nuevas referencias. El Partido Socialismo y Libertad (PSOL) logró mayor llegada entre los votantes jóvenes, mientras que el Partido Socialista Brasileño (PSB) consolidó una estructura política más flexible
El resultado no implica necesariamente un giro generalizado hacia el bolsonarismo. La lectura central es que una parte importante del electorado optó por poner fin al ciclo de Lula
La ventaja de Flavio Bolsonaro
Flavio Bolsonaro aparece como la principal alternativa de cambio, pese a las acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y vínculos con sectores criminales que pesan sobre su figura. Su candidatura canaliza el rechazo a la corrupción, al exceso de poder estatal y al uso político de las instituciones
El Supremo Tribunal Federal (STF) también quedó en el centro de la disputa durante la etapa final de la campaña. Las críticas apuntaron al uso de recursos judiciales con objetivos electorales y al deterioro de la confianza pública en algunos magistrados
Lula parte de una base considerable de votos y cuenta con una militancia activa. Sin embargo, Flavio llega al balotaje con una diferencia inicial de dos millones de sufragios, el respaldo de gobernadores electos del sur, el sudeste y el centro-oeste, y el apoyo de la mayoría de los candidatos que quedaron fuera de la segunda vuelta
Un proceso electoral sin sobresaltos
En medio de una campaña tensa y marcada por la intervención del Poder Judicial, el sistema electoral funcionó con normalidad. Cerca de 160 millones de ciudadanos debieron elegir seis cargos, en una jornada que podía alcanzar casi mil millones de votos
La abstención rondó el 20%, mientras que los votos blancos y nulos representaron una proporción reducida. La votación fue pacífica y los resultados estuvieron definidos pocas horas después del cierre: alrededor de las nueve de la noche
Las urnas electrónicas no enfrentaron impugnaciones y los observadores internacionales avalaron la integridad del proceso. Solo quedaron pendientes dos disputas judiciales menores, vinculadas con el gobierno de Río de Janeiro y con un senador de Paraná
El frente regional y la expansión del crimen
La política exterior del gobierno de Lula también aparece entre los puntos cuestionados. Brasil deterioró su relación con la Argentina, perdió influencia en Paraguay y se distanció de su tradicional vínculo con Chile
En los países andinos, además, no logró articular una respuesta coordinada contra el crimen transnacional, atribuido principalmente al Primeiro Comando da Capital (PCC) y al Comando Vermelho (CV), organizaciones clasificadas como terroristas por el gobierno de Estados Unidos
La expansión internacional de esos grupos es presentada como consecuencia de la falta de eficacia de las autoridades brasileñas, que habrían subestimado su capacidad operativa y estratégica. El próximo gobierno deberá enfrentar esa amenaza con mayor firmeza, una demanda que también alcanza a los países vecinos