CEUTA.- La normalidad, si es que aún puede hablarse de ella, sigue lejos en Ceuta. Cinco días después del ingreso a nado de más de 60.000 migrantes, la ciudad quedó dividida entre un centro con presencia policial intensa y una periferia donde la situación continúa desbordada

En las calles más céntricas se percibe una tranquilidad apenas sostenida por el despliegue de seguridad. Esa custodia permitió el regreso de turistas y dejó fuera de la zona más visible a quienes cruzaron irregularmente en los últimos días. Según el gobierno, unas 2.500 personas permanecen en la ciudad

Una frontera con menos efectivos y una playa que volvió a llenarse

Este lunes, la playa del Tarajal recibió a los primeros bañistas desde el inicio de la crisis. En la frontera, la imagen también cambió: quedaban apenas dos tanquetas y unos pocos agentes de la Guardia Civil, muy por debajo de los refuerzos de jornadas anteriores

Pero a pocos kilómetros, en la Playa del Trampolín, la escena seguía siendo la de la saturación. Decenas de migrantes se resguardaban bajo sombrillas, en la arena y entre las tumbonas abandonadas. Ya no eran centenares, pero el flujo no se había detenido

El CETI, sin margen para absorber más llegadas

El Centro de Estancia Temporal de Migrantes, a unos 300 metros, continúa sin capacidad. Allí se agrupan migrantes subsaharianos, bangladeshíes y sirios a la espera de una plaza que no aparece. El acceso al recinto se volvió difícil incluso para su director, que apenas puede entrar con su vehículo

En la urbanización de La Colina, los vecinos colocaron vallas para impedir el acceso. La tensión se hizo visible en cada rincón: hombres de distintas edades caminaban sin rumbo, con cartones y bolsas de plástico, buscando un lugar donde pasar la noche

Barriadas, cementerio y refugios improvisados

Las barriadas también sintieron la presión. Algunas panaderías seguían sin pan y entregaban tickets para canjearlos cuando hubiera provisión. En paralelo, las huellas sobre las tapias del cementerio musulmán de Sidi Embarek mostraban que el lugar llevaba días siendo trepado por migrantes en busca de resguardo

Dentro del camposanto, varios apilaban sus pertenencias, se lavaban con las mangueras de mantenimiento y montaban camas improvisadas entre las lápidas. La mayoría eran marroquíes, y el cansancio general ya se notaba en el trato con la prensa

Alí, un vecino de 32 años de la barriada de Hadú, aseguró haber visto reporteros de muchos países en estos días. En la costa, la escena resumía el momento: militares, cámaras de televisión y operativos para identificar y trasladar a quienes no son marroquíes hacia el CETI o en furgones. Al final del día, todo vuelve a empezar