En la esquina de Balcarce y Brown, en Rosario, funciona desde hace 65 años un restaurante que acompañó las transformaciones de la ciudad. Comedor Balcarce comenzó como un modesto negocio familiar y con el tiempo se convirtió en un punto de encuentro para amigos, parejas y familias

Muchos de sus clientes actuales son hijos o nietos de quienes se sentaban allí décadas atrás. Detrás del mostrador, tres generaciones de la familia Santarelli sostuvieron una propuesta basada en platos caseros, atención cercana y una fuerte identidad barrial

De Chabás a una esquina clave de Rosario

La historia comenzó el 1° de abril de 1961, cuando Secundino Santarelli y su familia dejaron Chabás, donde trabajaban como quinteros, y compraron el fondo de comercio de un almacén de bebidas llamado El Baturro

En aquel momento, la zona era muy distinta de la actual. Cerca del local funcionaban la fábrica de amortiguadores Fric-Rot, el ferrocarril y el puerto. Los trabajadores llegaban después de sus jornadas para tomar una bebida o pedir algo de comer

Con una cocina a kerosene, los Santarelli empezaron a preparar milanesas, costeletas, pucheros, sopas, hígado encebollado, estofados y albóndigas. La abuela se ocupaba de la cocina, el abuelo atendía el salón y Eduardo, el hijo de ambos, trabajaba como mozo

El legado de Don Segundo

Fernando Santarelli, tercera generación de la familia, recuerda su infancia entre las mesas del restaurante. Allí jugaba con los hijos de los clientes y veía a su abuelo comenzar temprano con el desposte de la carne

Secundino, conocido por todos como Don Segundo, trabajó en el local hasta el día de su muerte. Su vínculo con los clientes excedía la atención gastronómica: en una ocasión salió como garante de un estudiante correntino al que apenas conocía, una ayuda que el hombre recordó años después, cuando sus propias hijas estudiaban en Rosario

Una tradición que incorporó nuevos públicos

Fernando se sumó formalmente al restaurante en 2006, cuando tenía 21 años. Antes había llevado adelante una productora de shows vinculada con el hardcore, el punk y el metal, pero finalmente decidió continuar el negocio familiar

Durante sus primeros años hizo distintas tareas: atendió mesas y pedidos de la rotisería, trabajó en la cocina y sirvió postres detrás del mostrador. Con el tiempo también impulsó cambios para acercar el restaurante a una clientela más joven

La carta de vinos se amplió con nuevas bodegas, especialmente de pequeños productores. Además, se renovó la estética del salón y se fortaleció la presencia en redes sociales, sin abandonar la cocina tradicional

Las paredes y los platos que cuentan la historia

En lugar de cubrir las marcas del paso del tiempo, la familia decidió recuperar parte de la pintura original del local. Los colores desparejos de las paredes quedaron como testimonio de sus seis décadas de actividad

La intención también es recuperar preparaciones que alguna vez formaron parte de la carta, como el chupín de armado y los tapeos de embutidos. En el depósito todavía se conservan antiguos menús que sirven como referencia para esa tarea

Entre los platos preferidos de Fernando aparecen el escalope de lomo, las tortillas, el hígado encebollado, el omelette de pavita creado por su abuela y la Maryland tradicional

De la crisis a un nuevo proyecto

El restaurante atravesó distintos momentos difíciles. En una etapa de fuerte inestabilidad, la familia incluso intentó venderlo, pero la operación no se concretó porque el comprador no pudo afrontar el pago

Años más tarde, la pandemia representó el golpe más duro para el negocio, como ocurrió con buena parte de la actividad gastronómica. La continuidad familiar permitió atravesar ese período y sostener abierta la historia del lugar

Fernando también creó Negre, un proyecto de alta cocina inspirado en sus viajes, en el contacto con cocineros y en el interés por trabajar junto a productores locales. Sin embargo, Comedor Balcarce continúa siendo el centro de una identidad construida durante tres generaciones