En la escuela, Sam Bell solía escuchar que era demasiado ruidosa, demasiado inquieta y demasiado intensa. También le aterraba leer en voz alta. Con el tiempo abandonó los estudios sin un rumbo claro y luego recibió el diagnóstico de dislexia
Hoy, a los 47 años, dirige su propia peluquería en Bristol, Inglaterra, y trabajó como estilista para cine, televisión y desfiles de moda. Además, cada año incorpora aprendices para abrir oportunidades a jóvenes que, como ella, no encajan con facilidad en el esquema académico tradicional
Un comienzo por necesidad
Cuando tenía 17 años, Sam entró a una peluquería en busca de trabajo. No tenía experiencia ni grandes credenciales, pero sí una personalidad extrovertida. Aceptó el puesto porque necesitaba empleo: su madre le había advertido que debía conseguir uno si no quería quedarse sin techo
La contrataron como aprendiz con un salario semanal de 45 libras. Su tarea consistía en conversar con los clientes, lavarles el pelo y barrer el salón. Ella recuerda que el trabajo le resultó sorprendentemente liberador: por primera vez alguien le decía que era buena en algo
La escuela como campo de batalla
Sam contó que leer en voz alta le parecía aterrador. Sabía que no avanzaba al mismo ritmo que otros compañeros y temía las burlas. Por eso, admitió, a menudo se portaba mal para que la sacaran de clase
Recién más tarde comprendió que nadie había detectado que era disléxica. Con el tiempo, cambió su mirada sobre esa diferencia y empezó a verla como una fortaleza: dice que le dio más imaginación y una gran capacidad para comunicarse
De aprendiza a referente
Durante más de una década trabajó en aquel primer salón, donde aprendió el oficio. Después abrió su propio local en 2009 y fue construyendo una carrera que la llevó a peinar a celebridades, actores y modelos en producciones y pasarelas de Londres, París, Nueva York y Milán
Sam también decidió devolver parte de lo aprendido. Sostiene que los programas de aprendizaje son una buena puerta de entrada para quienes no siguieron una formación académica convencional. Dice que le alegra ver a los jóvenes crecer dentro del oficio
Una oportunidad que cambia trayectorias
Uno de esos aprendices, Tony Mitchell, lleva más de una década en la peluquería de Sam. Entró a los 20 años tras dejar la carpintería y hoy, a los 33, trabaja como peluquero. Afirma que encontró un entorno solidario y que allí recibió la enseñanza que necesitaba para afianzarse
La historia de Sam también pone en foco el impacto de la dislexia. Se trata de una diferencia neurológica que afecta la manera en que el cerebro procesa la información y que puede traer dificultades en la educación, el trabajo y la vida cotidiana. Pero, en muchos casos, también deja habilidades valiosas como resiliencia y capacidad para resolver problemas
Para Sam, lo que en la infancia parecía un obstáculo terminó siendo parte de su impulso vital. Su conclusión es simple: lo que otros veían como defectos fue, en realidad, lo que la ayudó a prosperar