Dos veces al mes, Yasuo Takamatsu parte desde el puerto de Onagawa, en la prefectura japonesa de Miyagi, para internarse en el océano. Allí se coloca la máscara, el tanque de aire y el cinturón de lastre antes de sumergirse en las aguas que se llevaron a su esposa, Yuko
Una desaparición durante el tsunami
Yuko trabajaba en un banco cuando el tsunami de 2011 golpeó la costa nororiental de Japón. La ola avanzó casi 10 kilómetros tierra adentro y arrasó todo a su paso
Esa mañana, Yasuo había dejado a su esposa en el trabajo. Durante el trayecto hablaron sobre la cena. Más tarde, cuando sonaron las sirenas de alerta, Yuko subió a la azotea del edificio junto con 12 compañeros
Desde allí le envió un mensaje a Yasuo: “¿Estás a salvo? Quiero volver a casa”. Él creyó que se encontraba fuera de peligro, pero al día siguiente descubrió que no estaba entre los sobrevivientes refugiados en el hospital municipal
“Me dijeron que el tsunami se la había llevado”, recuerda. Después de recibir la noticia, asegura que perdió todas sus fuerzas y que apenas podía mantenerse en pie
Con el retroceso del agua, miles de cuerpos fueron recuperados en distintos puntos de la costa. Sin embargo, Yuko permaneció desaparecida. Durante dos años, Yasuo observó las tareas de los buzos de la Guardia Costera, que buscaban víctimas y objetos arrastrados por la corriente
El buceo como ritual de recuerdo
Entonces decidió aprender a bucear. “Sentía que algún día podría encontrarla si seguía buceando”, explica
Desde entonces realizó más de 760 inmersiones. La número 763 llegó después de años de descender al mismo mar, primero con la esperanza de hallar a Yuko y luego como una manera de sentirse cerca de ella
En Japón, las personas fallecidas son recordadas mediante ofrendas, oraciones y otros rituales vinculados con la práctica budista del kuyō. Pero Yasuo no tiene una tumba que visitar: los restos de su esposa nunca fueron encontrados
“Tras bucear una y otra vez, empecé a sentir que ella podría estar cerca”, cuenta. Para él, sumergirse no equivale a visitar un sepulcro, sino a reunirse con Yuko en el lugar donde desapareció
Una relación distinta con el mar
A unos 50 metros de profundidad, Yasuo contempla un fondo marino transformado por la destrucción. Los escombros le recuerdan que Yuko difícilmente pudo alcanzar la superficie entre los restos arrastrados por el tsunami
“Cuando pienso eso, siento ganas de llorar”, admite. Aun así, no siente rencor hacia el océano. Con el tiempo aceptó que los terremotos y los tsunamis escapan al control humano
El mar también forma parte de su historia personal. Allí aprendió a nadar y a pescar mucho antes de conocer a Yuko. Ahora observa cómo algunos vehículos y objetos destruidos se convierten en arrecifes artificiales, donde llegan peces y se depositan huevos
Cuando habla de un eventual encuentro con su esposa, Yasuo conserva un tono irónico: cree que lo primero que ella le diría sería “has envejecido”
Quince años después del tsunami, el duelo continúa. También persiste su vínculo con el océano. Yasuo volverá a sumergirse para buscar, una vez más, la cercanía de Yuko