Agustina tiene 25 años y encontró en un pequeño emprendimiento casero una salida laboral que, asegura, la entusiasma más que cualquier otro empleo que haya tenido. Diseña artículos de cotillón desde el celular, los produce ella misma y los ofrece por Instagram y en sus estados de WhatsApp

Antes trabajó como cuidadora, empleada de limpieza y niñera, casi siempre sin registración. Hoy dice que gana algo parecido a lo que obtenía afuera, pero con una ventaja decisiva: puede organizarse mejor para estar con su hijo de 8 años

La informalidad como puerta de entrada

Su experiencia resume una tendencia que aparece en un informe reciente sobre jóvenes de sectores vulnerables de entre 18 y 29 años. El estudio señala que el 69% trabaja, pero que dentro de ese grupo el 75,9% lo hace en la informalidad: 46,1% en empleos en negro y 29,8% mediante emprendimientos propios

La lectura de fondo es clara: la informalidad dejó de ser una excepción y pasó a ocupar un lugar central en la generación de trabajo para este sector

En la mayoría de los casos, esa inserción se da en puestos de baja calificación y cerca de los barrios donde viven: comercio, gastronomía, reparto, construcción, limpieza y cuidados

Vender desde el celular

Uno de los hallazgos más llamativos del relevamiento es el peso de las ventas por internet y por redes sociales. Lejos de ser solo una changa, muchos jóvenes las asumen como una forma de emprender y de obtener ingresos con los recursos que tienen a mano

Facebook, WhatsApp e Instagram funcionan como vidrieras barriales para vender ropa, comida casera, servicios de peluquería, manicuría o manualidades. En ese universo se mueve Agustina, que ahora también proyecta estudiar Diseño Gráfico

La lógica del autoempleo aparece, para muchos, como una salida realista: no ofrece estabilidad, pero sí autonomía en hogares donde la estabilidad tampoco existía antes

Estudiar sigue siendo una barrera

El informe también muestra una relación directa entre educación y empleo. Terminar el secundario duplica las chances de conseguir un trabajo formal, mientras que haber iniciado o completado un terciario o una carrera universitaria triplica esas probabilidades

Pero llegar a ese punto no es sencillo. Las trayectorias de estos jóvenes están marcadas por privaciones materiales, hacinamiento, falta de servicios básicos o viviendas inadecuadas, además de la necesidad temprana de trabajar para sostener el hogar

Leo Carbón, de 29 años, creció en el barrio Mitre, en Saavedra, y atravesó ese dilema. Cuenta que estudió mientras hacía changas, pero que siempre tuvo dificultades para sostener una carrera porque debía trabajar. Hoy se desempeña como ayudante de albañil y, además, toma por su cuenta trabajos de albañilería, plomería y herrería

En una buena semana, calcula que un ayudante puede cobrar entre 250 mil y 500 mil pesos, siempre que haya empleo todos los días

Una brecha que también es de género

La desigualdad entre varones y mujeres aparece con fuerza en el relevamiento. Trabaja el 76,8% de los varones vulnerables, mientras que entre las mujeres ese porcentaje baja al 59%

La diferencia se explica, en parte, por los rubros a los que acceden: ellas se concentran más en limpieza, cuidados y ventas por internet, mientras que ellos llegan con mayor frecuencia a fábricas, construcción o seguridad

Johana Giménez, de 25 años, lo vive en primera persona. Vive en San Fernando, se recibió de maestra y espera conseguir un cargo, pero al mismo tiempo sostiene un emprendimiento de pastelería desde su casa y un trabajo en un centro comunitario. También cuida a sus tres hijas, de 9, 7 y 1 año

Su caso refleja otra constante del informe: para muchas jóvenes, trabajar, estudiar y cuidar no son decisiones separadas, sino tareas que se superponen y se tensionan entre sí

Soñar, aun así

Pese a las dificultades, los tres testimonios mantienen un mismo horizonte: Agustina quiere terminar su casa y estudiar; Leo sueña con abrir su propio comercio; Johana espera ejercer como maestra de grado y hacer crecer su emprendimiento

El informe concluye que no hay una renuncia al deseo de progresar. Lo que se amplió es la distancia entre esas expectativas y las oportunidades concretas que el mercado laboral les ofrece