Erika Ebsworth-Goold atribuye la independencia de su hijo adolescente a una decisión que tomó junto con su familia años atrás: viajar con él desde que era pequeño
Actualmente, el joven estudia en la universidad a más de 3200 kilómetros de su hogar. Según su madre, esa seguridad se construyó a partir de las experiencias que atravesó durante los viajes familiares, que comenzaron cuando tenía apenas ocho meses
Los primeros viajes también fueron un aprendizaje
Los comienzos no fueron sencillos. El primer viaje transatlántico estuvo marcado por problemas de salud y por el agotamiento de algunos suministros básicos. Aun así, la familia decidió mantener la costumbre y convertir las dificultades en oportunidades para aprender a adaptarse
Cuando tenía tres años, el niño vivió una escena significativa en Costa Rica. Allí interactuó con otros chicos a partir de un muñeco de peluche. El intercambio, que incluyó dos idiomas, reflejó la apertura cultural que sus padres buscaban fomentar
Con el tiempo, los retrasos en vuelos, las barreras lingüísticas y los inconvenientes para utilizar cajeros automáticos se transformaron en situaciones cotidianas para resolver. Esas experiencias le enseñaron a controlar sus reacciones frente a circunstancias que no dependían de él
Curiosidad, autonomía y vínculos familiares
La madre asegura que su hijo aprendió a observar, hacer preguntas y relacionarse con personas de distintas culturas. Para ella, esa práctica alimentó su curiosidad y convirtió la incertidumbre en una herramienta de aprendizaje social y emocional
La confianza que muestra actualmente, sostiene Ebsworth-Goold, no apareció de manera repentina. Se consolidó con cada desafío superado, mientras sus padres permanecían cerca para acompañarlo
La autonomía también se manifestó en las tradiciones familiares. Durante los últimos dos años, el joven eligió quedarse en el campus universitario durante el Día de Acción de Gracias, en lugar de emprender largos viajes para asistir a reuniones multitudinarias
Sus padres viajaron entonces a California para encontrarse con él. La familia pudo celebrar de una forma más tranquila y flexible, sin perder el vínculo afectivo ni dejar de respetar sus prioridades académicas y personales
Prepararse para la vida adulta
La experiencia de esta familia coincide con una idea presente en algunos enfoques de crianza: preparar a los hijos para la adultez mediante la conexión, el acompañamiento y la reparación de los conflictos
En este caso, la exposición gradual a los desafíos del mundo real funcionó como una forma de desarrollar autonomía. El joven, que ahora puede organizar sus propios viajes internacionales, refleja cómo la confianza puede construirse a partir de experiencias compartidas y retos superados durante la infancia y la adolescencia