Las relaciones entre adultos y sus padres suelen tensarse cuando aparece el deseo de corregir conductas, reparar heridas o impulsar cambios en la otra persona
Para Mel Robbins, especialista en desarrollo personal, una parte importante del conflicto surge de esperar que los padres modifiquen rasgos que llevan décadas formando parte de su personalidad
Aceptar que el otro quizá no cambie
Robbins sostiene que, con el paso de los años, muchas personas se vuelven más rígidas en sus maneras de pensar y actuar. Por eso, las expectativas de transformación pueden chocar con la falta de voluntad o de necesidad de cambio de la generación anterior
En ese contexto, plantea que algunos padres probablemente nunca hayan hecho terapia ni estén interesados en hacerlo. Desde esta perspectiva, los problemas que sus hijos identifican pueden haber estado presentes durante mucho tiempo y no necesariamente desaparecerán
Una mirada más compasiva sobre el pasado
Como ejercicio para desarrollar aceptación, la especialista propone considerar que los padres dieron todo lo que pudieron de acuerdo con sus propias experiencias de vida
Esta mirada no implica justificar cualquier conducta ni negar el dolor existente. El planteo apunta a observar las limitaciones de los padres sin convertir la expectativa de cambio en la única vía para mejorar el vínculo
Modificar la propia forma de relacionarse
Según Robbins, aunque no sea posible controlar las decisiones del otro, sí se puede revisar la manera de participar en la relación
Cuando una persona modifica cómo se presenta, responde o establece límites, la dinámica familiar también puede cambiar. El resultado no depende de que los padres se transformen primero, sino de una nueva forma de interacción que tenga en cuenta esa realidad