En la imaginación argentina, el fútbol suele ocupar un territorio cercano a lo sagrado. Durante décadas, Diego Maradona fue representado como una figura casi divina: un hombre de talento extraordinario, atravesado también por pasiones, excesos y fragilidades profundamente humanas

Esa imagen acompañó a Lionel Messi desde su infancia. Después de México 1986, toda una generación creció bajo el signo del Maradona mítico, mitad hombre y mitad dios. Por su talento y por la magnitud de sus logros, Messi quedó inevitablemente ligado a esa comparación

La necesidad de creer en algo que perdure

La tendencia a atribuir cualidades ideales a ciertas figuras plantea una pregunta más amplia: ¿por qué los seres humanos construyen dioses y depositan en ellos aquello que desean alcanzar?

En el siglo XIX, el filósofo alemán Ludwig Feuerbach reflexionó sobre ese interrogante. Su pensamiento influyó, entre otros, en Marx, Nietzsche, Freud y Buber. Para Feuerbach, la idea de Dios podía entenderse como una proyección de la necesidad humana de encontrar certezas y de resistirse a la idea de que la vida termina con la muerte

Sin embargo, su concepción del ser humano no se reducía a un materialismo centrado únicamente en el cuerpo. La posibilidad de superar la finitud individual aparecía, para él, en la creación y en la cultura: aquello que una persona deja en los demás puede sobrevivirla y formar parte de una memoria colectiva

Messi, entre la persona y el recuerdo

Desde esa perspectiva, Messi no es una divinidad. Es un hombre cuya obra deportiva alcanzó una dimensión excepcional. Su trascendencia no depende de abandonar su condición humana, sino de haber creado experiencias que una comunidad conserva, transmite y vuelve a contar

Messi forma parte de la historia porque generó historia. El recuerdo de verlo levantar la Copa del Mundo, el 18 de diciembre de 2022, permanece unido a otras escenas que distintas generaciones argentinas mantienen vivas, como las celebraciones de 1978 y 1986

Esos acontecimientos no sobreviven únicamente por sus resultados. Perduran porque fueron incorporados a la memoria de un pueblo y porque siguen provocando relatos, conversaciones y emociones compartidas

Una despedida que no clausura su presencia

El último partido de Messi con la Selección, disputado el martes pasado en el Monumental, puede ser entendido menos como el final de una presencia que como el inicio de otra forma de permanencia

Ya no estará en el centro del campo, pero seguirá ocupando un lugar central en la memoria. Ninguna despedida puede borrar los recuerdos asociados a su trayectoria: el niño de Rosario, la final de Río, el festejo en Lusail, la final en New Jersey, las lágrimas, las canciones y las esperas compartidas

La historia de Messi y la de la Selección argentina se confunden así con la memoria de quienes vivieron esos momentos. En esa continuidad, una vida individual logra atravesar el límite del tiempo y convertirse en parte del patrimonio emocional de toda una comunidad