A unos 90 km de la Ciudad de Buenos Aires, Oliden aparece como un pueblo donde el tiempo avanza sin apuro. Se llega por la RP 36, a la altura del kilómetro 76, y el ingreso ya anticipa la escena: árboles altos, casas bajas y un corredor verde que acompaña el camino hasta el antiguo centro ferroviario

El trazado urbano nació alrededor de la estación, inaugurada en 1914. Cuando el ramal fue clausurado en 1977 y las vías se levantaron, comenzó un éxodo lento. Sin embargo, varias familias se quedaron y sostuvieron la vida del pueblo. Entre ellas, la de los Arteta, que mantuvo encendido el horno de La Olidense, la panadería más emblemática de la localidad

Una panadería que hizo escuela

La Olidense fue fundada en 1922 por una viuda apellidada Catoni, llegada desde Lobos con sus hijos. Para levantar el edificio se usaron ladrillos hechos a mano en un terreno vecino. Con el paso del tiempo, la panadería quedó en manos de la familia Arteta, que la tomó en 1957 y la transformó en un símbolo local

Osvaldo Arteta, hoy ya alejado del oficio, recuerda que su familia no sabía nada de panadería cuando llegó al pueblo. Su padre tuvo que traer a un maestro de pala desde Saladillo para aprender el trabajo desde cero. De esa enseñanza quedaron dos marcas que todavía definen la casa: la galleta de campo y las tortas negras

El secreto de la galleta de campo

La receta que atrae visitantes de fin de semana tiene una técnica precisa. A diferencia del pan común, que pasa ocho vueltas por la sobadora, la galleta de campo de La Olidense necesita 22 vueltas. Después se hornea directamente sobre el piso del horno a leña, apoyada en lajas calientes

El resultado es una pieza crocante por fuera, liviana por dentro y sin aditivos químicos. A esa producción se suman facturas y pastas caseras como ñoquis, ravioles y sorrentinos. Cada madrugada, Pablo Arteta, hijo de Osvaldo, toma la posta y saca entre 120 y 150 kilos diarios de pan y galleta

Una economía que volvió a moverse

Con el tiempo, la panadería ayudó a reposicionar a Oliden como destino de turismo rural gastronómico. En septiembre, la Fiesta Provincial de la Galleta de Campo concentra visitantes que llegan por costillares al asador, pastelitos, chacinados, quesos, miel, dulces y espectáculos folclóricos

El pueblo también sumó otros puntos de interés alrededor de la estación. A un costado está la vieja fachada del Bar El Encuentro, recordada por las tardes de truco y las madrugadas de pool. Frente al edificio ferroviario se levanta la Capilla Inmaculada Concepción, terminada en 1944 y bendecida al año siguiente

Almacenes, fe y nuevos proyectos

La vida cotidiana de Oliden también se apoya en otros emprendimientos. La Piara, un almacén de chacinados instalado en una construcción elevada de madera y troncos, ofrece chorizos secos, bondiola, salame picado fino, longaniza calabresa y productos regionales

Más adelante, el Almacén de Etel volvió a abrir en una casona de 1915 que conserva pisos calcáreos, techos de madera y objetos aportados por vecinos. Gabriela Cáceres y Lucho Golato lo reactivaron durante la pandemia y hoy trabajan para ampliar la propuesta gastronómica con cafetería, minutas y platos más elaborados

Entre la estación conservada, la capilla, los almacenes y el horno que nunca se apagó, Oliden encontró una forma propia de resistir el olvido: sostener su identidad a través del trabajo familiar y de una tradición panadera que sigue convocando gente de toda la zona