Hace cuatro años, Julieta atravesaba una depresión muy fuerte. Después de una ingesta de pastillas de más y de pedir ayuda, pidió ser internada. Facundo, por su parte, ya venía arrastrando un cuadro similar desde la pandemia: tristeza persistente, autolesiones y una necesidad urgente de atención profesional
Un vínculo que nació en una sala de espera
Él llegó dos días antes que ella. Cuando Julieta lo vio, le llamó la atención su mirada triste y su estética llamativa: pelo teñido, tatuajes y piercings. La timidez quedó de lado y se animó a hablarle. No le preguntó ni siquiera su nombre; quiso saber por qué estaba allí
En ese lugar, sin celular, radio ni televisión, los días estaban pautados por horarios fijos, comidas y talleres. Entre charlas largas y preguntas íntimas, empezaron a conocerse de verdad. Lo que al principio pareció una amistad fue tomando otra forma
Del apoyo mutuo al amor
Julieta sintió que Facundo la entendía sin juzgarla. Con él podía hablar de pensamientos y emociones que no se animaba a compartir con nadie más. Él, a su vez, terminaría confesándole que se había enamorado desde el primer momento
Después de unos 15 días internados, Facundo le escribió una carta en la que le habló de lo que empezaba a sentir. Julieta se emocionó y, poco después, se besaron a escondidas. Para ella fue la primera vez que experimentó esa sensación que tantas veces había escuchado describir
El afuera también puso a prueba la relación
Cuando recibieron el alta, volvieron a sus casas el mismo día. La duda era inevitable: ¿lo que habían vivido era real o solo producto del encierro? Horas después, Facundo le escribió a Julieta para preguntarle cómo se sentía la realidad. Fue suficiente para confirmar que querían seguir viéndose
Julieta lo invitó a su casa en Pilar y les contó a sus padres que había conocido a un chico en la internación y que quería que fuera a visitarla. También les advirtió que no quería que lo juzgaran por el lugar en el que se habían conocido, porque hablarían de él, y de ella, al mismo tiempo
Una relación que siguió creciendo
Con el tiempo se pusieron de novios, empezaron tratamientos y acompañamientos terapéuticos, y aprendieron a convivir con sus propios diagnósticos. El miedo de quienes los rodeaban era que dos personas con depresión se arrastraran mutuamente hacia abajo. Sin embargo, para ellos ocurrió algo distinto: cuando uno estaba mal, el otro podía sostenerlo
La relación también ayudó a Julieta a recuperar rutinas, conseguir trabajo y volver a encontrar motivos para levantarse cada día. En paralelo, empezó a hablar de salud mental desde su cuenta de Instagram, con la intención de mostrar la experiencia del paciente sin idealizaciones
Un casamiento frente al lago
A fines de noviembre de 2024, Facundo le propuso matrimonio con una carta, flores y un anillo sencillo que pensaba reemplazar después por uno elegido entre los dos. Julieta aceptó entre lágrimas, aunque al principio sintió vértigo por el paso que estaban dando
Se casaron en abril de este año, frente al mismo lago donde habían tenido su primera salida después de la internación. Para ellos, ese lugar resume una historia que empezó en uno de los momentos más difíciles de sus vidas y terminó convirtiéndose en un proyecto compartido
Hoy viven juntos, trabajan y siguen en tratamiento. Saben que la enfermedad es crónica y que pueden venir recaídas, pero también sienten que ya no arrancan desde cero: tienen una historia, una red de apoyo y un vínculo que se hizo fuerte en el momento menos pensado