Brasil puso en duda los pronósticos sobre su sucesión presidencial. En la primera vuelta, Flavio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos frente al 45,16% de Lula. La diferencia parecía difícil de revertir, pero la historia latinoamericana ofrece varios antecedentes en sentido contrario

En 1990, Alberto Fujimori pasó del 29% en la primera vuelta al 62% en la segunda, después de que Mario Vargas Llosa hubiera conseguido el 32% inicial. En Guatemala, Jorge Serrano Elías avanzó del 26% al 62%. Ambos episodios terminaron vinculados con intentos de autogolpe: Fujimori fue condenado luego a 25 años de prisión y Serrano debió abandonar el país

Un sistema que también interviene

El problema no es solamente la volatilidad de los votantes. También importa el modo en que las reglas electorales condicionan el funcionamiento de las democracias y los objetivos que esas reglas buscan cumplir

En la Argentina, a menos de un año de la elección presidencial, todavía no está definido si habrá PASO. El balotaje sí está previsto por la Constitución. La combinación entre ambos mecanismos puede convertir el proceso en una competencia de tres etapas: las primarias funcionan como una primera vuelta y pueden modificar por completo la elección general

Las PASO de 2019 ofrecieron una prueba contundente. El resultado provocó el llamado “lunes negro” y redujo las posibilidades de reelección de Mauricio Macri. La disputa, por lo tanto, no se limita a dos contendientes: las reglas agregan un tercer jugador

La promesa de legitimidad

El balotaje fue creado para impedir que alguien llegara al poder sin un respaldo amplio. Sin embargo, la segunda vuelta también puede generar una ilusión de legitimidad y gobernabilidad que no siempre se sostiene después de la elección

El mecanismo se extendió por América Latina durante las últimas cuatro décadas, al mismo tiempo que la mayoría de los países abandonaba los colegios electorales y adoptaba elecciones directas. Brasil afronta ahora una combinación especialmente compleja: un presidente de izquierda, un Congreso de derecha, gobernadores poco alineados y una sociedad profundamente polarizada

El escenario inicial tampoco favoreció la distensión. El domingo, Bolsonaro obtuvo alrededor de 60 millones de votos. Al día siguiente se le prohibió salir de Brasil y se le retuvo el pasaporte. El martes se desconocía su paradero y, horas más tarde, apareció en Estados Unidos

Reversiones y excepciones argentinas

Brasil había celebrado ocho balotajes presidenciales, pero nunca un candidato que hubiera perdido la primera vuelta había ganado la segunda. En América Latina, en cambio, la reversión ocurrió aproximadamente en tres de cada diez segundas vueltas durante las últimas cuatro décadas

La Argentina registra una particularidad: en los dos balotajes efectivamente realizados, el candidato que perdió la primera vuelta terminó ganando la segunda. Ocurrió con Macri en 2019 y con Milei en 2023. Otros dos balotajes no llegaron a celebrarse: Cámpora contra Balbín y Menem contra Kirchner

El sistema argentino es uno de los más antiguos de la región, después del costarricense. Fue incorporado hace 54 años por la dictadura de Alejandro Lanusse, con vigencia condicionada a su ratificación por una convención constituyente en el plazo de una década. Rigió en las elecciones presidenciales de 1973, pero no en las de 1983 y 1989

La reforma constitucional de 1994 lo restituyó con un formato distinto: se gana en primera vuelta con el 45% de los votos o con el 40% y una ventaja de diez puntos sobre el segundo

En 1973, el peronismo y el radicalismo acordaron consagrar a Cámpora, que había obtenido el 49,56%, sin alcanzar entonces la mitad más uno exigida. En 2003, Menem renunció a competir en la segunda vuelta ante el temor de una derrota muy amplia, y Néstor Kirchner asumió pese a haber quedado segundo en la primera

Una diferencia estrecha no siempre implica polarización

Macri derrotó a Scioli por 2,68 puntos, mientras que la diferencia registrada en Brasil fue de 3,58. Milei, en cambio, venció a Massa por 11,30 puntos. Pero una elección ajustada no demuestra por sí sola que exista una sociedad estructuralmente polarizada

En Francia, Giscard d’Estaing venció a Mitterrand por 1,6 puntos en 1974 y el sistema democrático conservó entonces una pluralidad aceptable. En Uruguay, Luis Lacalle Pou superó a Daniel Martínez por un punto y medio en 2019, sin que el país abandonara su tradición republicana

El triunfo de Milei puede leerse como un consenso negativo: una suma de votantes unidos más por el rechazo al adversario que por una coalición de ideas articulada por partidos. En ese esquema, la principal virtud del candidato consiste en impedir que el rival llegue al poder

Dos mitades dentro de un mismo país

El odio como motor político no es nuevo, pero hoy ocupa un lugar destacado en los discursos de los líderes polarizadores. Países divididos en mitades enfrentadas conviven con reglas electorales antiguas, nuevas tecnologías y partidos cada vez menos capaces de representar acuerdos amplios

En América del Sur, el número ocho aparece como una referencia recurrente: ocho de los doce países tuvieron dictaduras simultáneas durante los años setenta, con un máximo entre 1976 y 1978. También hubo ocho gobiernos de izquierda durante la etapa de Néstor Kirchner y Hugo Chávez. Tras la elección brasileña, los países sudamericanos gobernados por la derecha quedaron en siete

La polarización tampoco pertenece exclusivamente a la ultraderecha. Está asociada con la desigualdad, el estancamiento económico, los liderazgos que plantean un “nosotros contra ellos”, las redes sociales, la fragmentación de los medios, los cambios culturales acelerados y el debilitamiento de los partidos tradicionales

Un relevamiento citado en el análisis ubica a Brasil como el país más polarizado de América, seguido de cerca por Nicaragua y Perú, y luego por Estados Unidos y México. En Europa aparecen Polonia y Bielorrusia

Otro estudio señala que tres de cada cuatro latinoamericanos sienten resistencia a confiar o interactuar con personas de facciones opuestas. Entre los países menos polarizados menciona a Omán, Irlanda, Turkmenistán, Noruega y Uruguay

El desafío consiste en reconocer que las elecciones no disuelven automáticamente los conflictos. Un balotaje puede ordenar la competencia, pero no garantiza por sí mismo acuerdos, gobernabilidad ni una convivencia estable entre dos mitades que se consideran irreconciliables