Cada vez que vuelve la discusión sobre dolarizar, la objeción suele ser la misma: en teoría, no es la mejor alternativa. Y eso es cierto. Una economía con moneda propia, bien administrada y respaldada por disciplina fiscal sostenida, ofrece más herramientas para absorber shocks
El problema es que ese escenario no describe a la Argentina. Acá la moneda local no funcionó como resguardo estable ni como instrumento confiable de política. En la práctica, se la usó una y otra vez para transitar crisis, pero a costa de deteriorar su valor y de debilitar todavía más la confianza en el sistema
La moneda propia como salida que terminó dañando más
El argumento clásico a favor de mantener la soberanía monetaria es simple: permite emitir en momentos de tensión cuando se corta el financiamiento externo. El punto es que, en Argentina, esa facultad no operó como una válvula de estabilidad sino como un recurso de emergencia que terminó licuando deudas y erosionando la moneda
Cuando no hubo acceso al crédito internacional, la elección real no fue entre una política ordenada y otra más laxa. Fue entre emitir o caer en una crisis más abrupta. Bajo esa restricción, la emisión reiterada no resolvió el problema de fondo: lo postergó y, además, hizo más caro el shock siguiente
Sin inflación baja, no hay crédito largo
Hay otro dato clave que suele quedar fuera del debate: con inflación de dos dígitos, el crédito de largo plazo se vuelve inviable. No se puede construir un mercado hipotecario serio ni financiar proyectos a 20 o 30 años si nadie puede estimar el valor futuro de la moneda
Los países de la región que lograron desarrollar crédito más profundo compartieron una condición básica: inflación baja y sostenida. Chile, Uruguay y Perú ofrecen ese patrón
Ecuador, en cambio, aunque está dolarizado desde hace 25 años y logró inflación de un dígito, sigue teniendo un crédito privado sobre PBI bajo. Eso muestra que la estabilidad de precios ayuda, pero no alcanza por sí sola: también hacen falta ahorro doméstico de largo plazo y reglas legales sólidas para las garantías
El límite fiscal que siempre estuvo ahí
Dolarizar también obliga a mirar la cuestión fiscal con más crudeza. Si no existe la posibilidad de emitir, cualquier desequilibrio debe financiarse con dólares o corregirse con gasto. No es un efecto secundario: es el corazón del esquema
Y ese punto expone una limitación histórica argentina. El país nunca tuvo acceso autónomo y estable al crédito internacional. Dependió de apoyos externos, acuerdos de emergencia y mecanismos transitorios. En ese contexto, la moneda propia no actuó como respaldo real: funcionó como otro canal de deterioro cuando se cerraban otras fuentes de financiamiento
Una decisión de segundo mejor
Por eso la dolarización no debe leerse como una solución perfecta ni como una consigna ideológica. Sigue siendo inferior, en términos teóricos, a tener una moneda propia robusta y una política fiscal consistente durante muchos años
Pero esa alternativa ideal no tiene antecedentes duraderos en la Argentina real. Frente a un historial repetido de uso discrecional de la emisión, eliminar ese instrumento deja de ser una apuesta doctrinaria y pasa a ser una decisión pragmática: una respuesta de segundo mejor ante un comportamiento que ya mostró sus límites demasiadas veces
La discusión, entonces, no es entre perfección y fracaso. Es entre confiar otra vez en un mecanismo que el país degradó sistemáticamente o aceptar que, dadas sus condiciones concretas, la dolarización puede ser menos elegante que la teoría pero más creíble que la experiencia local