Una discusión cotidiana

En la vida argentina hay debates grandes y otros que se cuelan en la rutina con menos estridencia, pero con la misma capacidad de generar bandos. El mate pertenece a esa segunda categoría: no rompe amistades ni dispara pasiones políticas, aunque sí deja al descubierto costumbres, hábitos y convicciones muy distintas

La misma ronda puede reunir a personas que no toman mate, a quienes prefieren el tereré y a la enorme mayoría que convierte la infusión en parte de su día. Desde ahí empiezan las diferencias: algunos lo usan como excusa para experimentar, y otros lo consideran una tradición que no admite demasiadas licencias

Los que le agregan de todo

En un extremo están quienes suman ingredientes al agua o a la yerba como si se tratara de una mezcla en permanente prueba. Primero aparecen los cítricos, después las hierbas y más tarde combinaciones cada vez más extrañas, hasta volver irreconocible el mate de origen

Para ese grupo, la infusión parece cuanto más intervenida mejor. El resultado, sin embargo, suele despertar más dudas que entusiasmo entre quienes todavía creen que el mate necesita poco para ser mate

Los custodios de la ceremonia

En el otro extremo están los defensores del rito clásico. Para ellos, el mate tiene reglas precisas: la temperatura del agua, la forma de armar la montañita, el tipo de yerba y hasta la manera en que se recibe cada cebada forman parte de una liturgia que no se improvisa

Suelen desconfiar de los paquetes demasiado modernos, del marketing y de todo lo que se aparte de una idea casi sagrada de la tradición. También miran con recelo a quien revuelve la bombilla, la golpea contra el fondo o demora demasiado en devolver el mate

La mayoría, sin protocolo

Entre esos dos mundos está la mayoría: la que usa cualquier recipiente disponible, calienta el agua sin demasiadas vueltas y arma el mate como puede, no como indica ningún manual. Compra la yerba que encuentra en oferta, cebea a ojo y sigue adelante aunque la ronda ya haya perdido fuerza

Ahí conviven la improvisación y el hábito, la costumbre y la urgencia. Al final, todos terminan compartiendo la misma ronda, con más o menos ceremonia, pero bajo la misma advertencia de siempre: cuidado, que está caliente