La idea parece desgastada y, para muchos jóvenes, casi ajena. Sin embargo, vuelve una y otra vez: sobre todo cuando el país se encuentra inexplicablemente mejor de lo esperado, o cuando no termina de tocar fondo

Una fe que desafía la lógica

“Dios es argentino” condensa una confianza nacional que roza la desmesura. Sirve para arriesgar más de la cuenta, ignorar límites elementales, desafiar la física, desestimar la economía y hasta tensionar las reglas mínimas de convivencia

María Elena Walsh lo resumió en un verso inmortal: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo, estoy aquí. Resucitando”. Esa persistencia podría figurar, sin desentonar, en el himno nacional

Con 47 millones de personas como en un experimento permanente, el país se comporta a menudo como si fuera invulnerable. Incluso en la derrota, persiste la inclinación a creer que el desenlace todavía puede invertirse

Ese impulso sostiene cada nueva apuesta colectiva: la convicción de que se tiene todo, de que se puede con todo y de que, al final, el triunfo está al alcance. Pero en este invierno récord de jornadas grises y también absurdas, las fuerzas aflojan y la fe se vuelve más frágil

Tal vez convenga, por una vez, dejar entrar cierta duda. Si Dios existe, no hay ninguna obligación de que sea argentino