Una agenda centrada en seguridad

El 7 de marzo de 2026, en el complejo Doral de Donald Trump, se realizó la cumbre “Escudo de las Américas”, convocada para reforzar la cooperación contra los carteles, frenar la migración irregular y compartir inteligencia. En agosto, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, volvió a reunir a representantes de 19 gobiernos en Panamá, en paralelo a los ejercicios PANAMAX 2026 sobre la protección del Canal

Ambas instancias dejaron una señal política clara: la administración Trump busca reorganizar su relación con la región desde la geopolítica, con especial énfasis en contener la influencia de potencias extracontinentales, sobre todo China

Una derecha regional más alineada

La lectura que dejan esos encuentros es la de una Casa Blanca más cerca de varios gobiernos latinoamericanos de orientación conservadora, en un contexto de retroceso de la izquierda en distintos países. Sin embargo, ese aparente alineamiento no borra las tensiones de fondo ni garantiza una cooperación automática

La ausencia de México y Brasil fue una de las señales más visibles de los límites de esta nueva etapa. También lo fueron los llamados a aumentar el gasto en defensa, a participar en operativos conjuntos y a revisar marcos jurídicos que, en buena parte de la región, separan con claridad las tareas militares de las policiales

Los límites de la cooperación

El principal obstáculo no es solo político. Muchos gobiernos enfrentan restricciones presupuestarias, marcos constitucionales que exigen aprobación legislativa y fuerzas armadas no diseñadas para actuar fuera de sus fronteras en tareas contra el narcotráfico. A eso se suma la desconfianza histórica hacia Estados Unidos y la alta impopularidad de Trump en varios países

La polarización también juega en contra. En América Latina, los cambios de rumbo suelen ser bruscos y los apoyos electorales frágiles; en Estados Unidos, una alternancia en el poder podría desarmar rápidamente cualquier estrategia basada en órdenes ejecutivas más que en leyes o acuerdos bipartidistas

Narcotráfico, inteligencia y realidades distintas

La administración estadounidense plantea el combate al narcotráfico como un asunto de seguridad nacional y lo vincula con la migración y con redes criminales transnacionales. Pero en gran parte de América Latina el enfoque sigue siendo distinto: las drogas se tratan como un problema policial y sanitario, no como un frente militar

Además, la región arrastra debilidades estructurales: corrupción, sistemas judiciales débiles, bases de datos incompletas y dificultades para seguir las finanzas y la logística de los cárteles. Sin inteligencia confiable y sin capacidades estatales homogéneas, una coalición hemisférica enfrenta límites severos

Un proyecto posible, pero acotado

Incluso entre gobiernos afines, la cooperación plena parece improbable. Países como Ecuador, El Salvador o Colombia podrían encajar mejor en este esquema, pero extenderlo a todo el continente luce mucho más difícil. En varios casos, además, siguen pesando la estabilidad política, los vetos legislativos y la relación con China como socio comercial e inversionista clave

El resultado, por ahora, parece más modesto de lo que proyecta Washington: menos una alianza sólida y duradera que una convergencia parcial, condicionada por la política interna de cada país y por la dificultad de convertir una coincidencia coyuntural en una estrategia común