Hace diez días apareció una supuesta conspiración internacional. La conclusión, para sus creyentes, fue inmediata: el Seleccionado no iba a alcanzar su cuarto título mundial ni a repetir la corona. El fallo se dictó en el mayor tribunal popular del planeta: las redes sociales

El juicio de la tribuna

La misma instancia que antes había señalado a los argentinos por discriminación, soberbia, provocaciones y excesos terminó anulada cuando el Presidente intervino para separar, según dijo, lo verdadero de lo falso. En esa lectura, la condena ya no valía: todo habría sido resultado de una maniobra externa, con financiamiento incluido, encabezada primero por Brasil

El problema llegó después. La aclaración vino tarde, tras una reacción impulsiva que convirtió la denuncia en sentencia. Y todavía no aparecieron las pruebas de esa supuesta operación antiargentina

La ironía del festejo ajeno

Quedó, entonces, una escena conocida: la envidia como motor, la derrota del rival como consuelo y la propia victoria como obsesión. La seguidilla de triunfos argentinos ya parece insoportable para algunos

Las conspiraciones no se terminan. La verdad, sí. O al menos eso intenta recordar la ironía, por si hiciera falta