En 1995, Eduardo Costantini consiguió incorporar a su colección tres obras decisivas del arte latinoamericano: Abaporu, de Tarsila do Amaral; Autorretrato con chango y loro, de Frida Kahlo, y Composición simétrica en blanco y negro, de Joaquín Torres García

Las piezas fueron presentadas al año siguiente en una exposición realizada en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo. El traslado de las obras implicó una compleja sucesión de trámites aduaneros, ya que debían ingresar a la Argentina, salir nuevamente para cumplir compromisos expositivos y regresar después

Como solución provisoria, los cuadros quedaron depositados en el despacho del presidente de Uruguay. La situación dio lugar a numerosas fotografías con visitantes brasileños y mexicanos junto a sus obras emblemáticas. Incluso, antes de un viaje oficial a México, una imagen permitió que Octavio Paz preguntara, sorprendido, por la presencia de una Frida Kahlo en Montevideo

De una afición personal a un proyecto cultural

En aquella iniciativa también participó Ricardo Esteves, empresario vinculado a la vida argentina y apasionado por el arte. La colaboración con Costantini había comenzado a principios de la década de 1980, cuando una colección privada empezó a transformarse lentamente en un proyecto de alcance público

El Malba abrió sus puertas en 2001, en uno de los períodos más difíciles de la Argentina. Su creación representó una apuesta de confianza y una decisión de ofrecer a la sociedad obras que podrían haber permanecido en una residencia particular

Desde entonces, el museo amplió sus fondos mediante nuevas donaciones de Costantini. La inversión, estimada en cientos de millones de dólares destinados a la cultura, consolidó una colección concebida para ser contemplada por todos

Una ampliación para vincular museo y ciudad

La celebración de los 25 años del Malba incluyó una exposición dedicada a la vida de Frida Kahlo y la presentación de un proyecto de expansión. La iniciativa prevé una instalación subterránea conectada con la plaza mediante una escalinata abierta

La propuesta busca relacionar el espacio público con los dos edificios del museo, y hacer convivir aquello que se ve con los espacios que permanecen bajo la superficie. Su planteo recuerda, por su vínculo con la plaza y el subsuelo, a las pirámides de cristal diseñadas por I. M. Pei para el Louvre

Una mirada amplia sobre América Latina

El Malba ocupa un lugar central en la difusión del arte latinoamericano porque reúne expresiones de territorios que con frecuencia son observados de manera separada. La colección propone reconocer una unidad construida a partir de diferencias históricas, étnicas y culturales

En ese panorama conviven la llamada Indoamérica de los Andes, desde el sur de Chile hasta México; la Afroamérica del Atlántico y el Caribe, y la Euroamérica del sur del continente. Todas conservan la influencia de las culturas precolombinas y de sus comunidades originarias, además de los aportes europeos incorporados durante más de cinco siglos

La obra de Torres García es un ejemplo de esa combinación. Su constructivismo y sus abstracciones incorporaron referencias a la geometría y a los colores de la tradición peruana, al mismo tiempo que el artista representó el mapa de América con el sur ubicado en la parte superior

La colección comienza con un retrato de una joven con mantilla, realizado por Carlos Federico Sáez, artista uruguayo cuya trayectoria se interrumpió a los 23 años. A partir de allí, el recorrido reúne a creadores que alcanzaron reconocimiento internacional como parte de un proceso artístico regional

La influencia europea también forma parte de ese desarrollo. El cubismo dejó su huella en Diego Rivera y Emilio Pettoruti, mientras que el futurismo italiano estimuló la imaginación de Rafael Barradas. Sin embargo, cada artista elaboró una respuesta propia y vinculada con la experiencia latinoamericana

Brasil y la complejidad de una identidad común

La presencia brasileña aporta otra dimensión a la colección. La historia de ese país estuvo marcada por la necesidad de integrar un territorio extenso bajo una monarquía portuguesa que trasladó sus instituciones al continente, en contraste con la fragmentación política de la América hispana

Brasil desarrolló una mirada más orientada hacia su propio territorio y durante mucho tiempo permaneció distante del resto de América Latina. La reunión de sus artistas con los de otros países permite, sin embargo, reconocer una unidad cultural compleja y diversa

El impacto de una institución cultural

La importancia del Malba excede sus salas. Las grandes instituciones culturales pueden modificar la relación de una ciudad con su propia identidad y también fortalecer su proyección internacional

Washington elevó su condición urbana con el impulso del Kennedy Center y la National Gallery. En Bilbao, la apertura del Guggenheim en 1997 acompañó la recuperación de una ciudad afectada por la crisis industrial y la violencia de ETA

Las inversiones culturales también producen efectos sociales y económicos: aportan prestigio, atraen visitantes, generan empleo y favorecen nuevos intercambios. En Buenos Aires, el Malba consolidó una imagen de capital cultural latinoamericana y ofreció un espacio en el que distintas tradiciones pueden reconocerse

A los 80 años, Eduardo Costantini mantiene su preocupación por el futuro de la institución. La colección que impulsó ya forma parte del patrimonio argentino y, por su dimensión y alcance, aparece destinada a ser preservada como una herencia colectiva, junto con las escuelas de Sarmiento y los poemas de Borges