Durante siglos, la idea de que los padres podían decidir casi todo por sus hijos pareció incuestionable. Hoy, ese esquema está cambiando. El derecho de familia avanza hacia un modelo distinto, en el que la antigua patria potestad deja espacio a la responsabilidad parental
La diferencia no es menor. Ya no se piensa a los progenitores como dueños de un poder sobre los menores, sino como responsables de orientar, cuidar y sostener su desarrollo integral. La autoridad deja de entenderse como imposición y pasa a verse como un deber al servicio del niño
La autonomía progresiva como clave del cambio
En el centro de esta transformación aparece la autonomía progresiva. La noción reconoce que los menores pueden ejercer sus derechos de manera gradual, conforme crecen y maduran. No todos los actos requieren el mismo grado de intervención adulta, y la participación del niño debe aumentar a medida que su capacidad de comprensión también lo hace
Ese giro se apoya en la Convención sobre los Derechos del Niño, que rompió con la mirada tradicional sobre la infancia. Desde entonces, los menores dejaron de ser vistos solo como destinatarios de protección y pasaron a ser reconocidos como sujetos de derecho
Participar no es lo mismo que decidir todo
El debate actual ya no gira en torno a cuánto pueden mandar los padres, sino a cuánto debe intervenir el niño en las decisiones que afectan su vida. Esa pregunta obliga a distinguir entre reconocimiento de derechos e independencia total, dos ideas que no son equivalentes
La responsabilidad parental sigue existiendo, pero debe ejercerse desde el acompañamiento. El desafío está en evitar dos extremos: un control excesivo que anule la voz del menor y una retirada adulta que lo deje sin protección
Un equilibrio exigente
La edad, la madurez, el contexto familiar y, sobre todo, el interés superior del menor deben guiar cada decisión. No hay una fórmula única. Hay, más bien, una exigencia constante de equilibrio entre libertad y resguardo
España, Francia, Italia y varios países latinoamericanos ya reformularon este campo bajo el concepto de responsabilidad parental. Al mismo tiempo, la jurisprudencia internacional, incluido el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha ido ampliando el alcance de este principio
La autonomía progresiva no le quita autoridad a los padres. Les exige algo más difícil: educar para la libertad sin dejar de proteger. Ese parece ser hoy el gran reto del derecho de familia