En un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de José de San Martín, vuelve la pregunta por el país que imaginaron los fundadores y el que efectivamente construimos. A más de dos siglos de historia, revisar ese contraste sigue siendo una forma útil de medir cuánto se acercó la Argentina a aquel ideal
Una primera tensión aparece en el plano regional. El sueño de una zona unida y coordinada parece hoy más lejano, atravesado por liderazgos cada vez más centrados en sus propias agendas. Sin entrar en la política exterior, el problema también se ve puertas adentro: la dificultad para sostener acuerdos estables y la tendencia a convertir cada diferencia en una trinchera
Unidad popular, fragmentación dirigencial
San Martín insistió en la necesidad de dejar de lado los resentimientos personales para avanzar con sentido patriótico. Esa apelación, sin embargo, parece cumplirse mejor en la sociedad que en la dirigencia. La ciudadanía suele mostrar capacidad de reacción y cohesión frente a temas sensibles, como ocurrió cuando hubo rechazo a cambios vinculados con la Ley de Tierras
También hubo señales de ese reflejo colectivo en torno a la soberanía, reforzado por la memoria de Malvinas y por gestos simbólicos que unieron a personas de distintos ámbitos. En esos momentos, la defensa de lo propio logró reunir voluntades más allá de las identidades políticas
El contraste aparece cuando el foco se desplaza a la discusión pública. Los representantes nacionales quedan muchas veces atrapados en disputas menores, cruzadas por agravios y descalificaciones. La violencia verbal y la intolerancia frente al disenso se volvieron parte del paisaje cotidiano
Orden, gobierno y bienestar
Otra advertencia sanmartiniana que conserva vigencia es la que vincula la anarquía con la aparición de formas de tiranía. Leída en el presente, esa idea interroga los márgenes de desorden que pueden abrirse cuando el Estado pierde capacidad de conducción o se refugia en consignas vacías
En esa misma línea, la reflexión del Libertador sobre el mejor gobierno no apunta a un liberalismo abstracto, sino a una administración capaz de producir felicidad concreta para quienes obedecen las leyes. La definición sigue siendo incómoda para cualquier proyecto que privilegie la pureza ideológica por encima de los resultados sociales
El punto final llega con otra sentencia de San Martín: el pueblo no se moviliza por razonamientos, sino por hechos. La frase resume una exigencia básica de toda política: prometer futuro no alcanza si en el presente no aparecen mejoras visibles. En un contexto de dificultades económicas y sacrificios extendidos, la paciencia social necesita señales concretas
La respuesta a la pregunta inicial queda abierta. Lo que sí deja esta relectura es una certeza: el examen de la patria no se resuelve con discursos, sino con la distancia entre lo que se dice y lo que realmente se hace