Subir una montaña no se parece a ninguna otra experiencia. Para algunos, es una prueba deportiva; para otros, una forma de encontrarse con la propia cabeza, con el cuerpo y con el entorno. En esa mezcla de esfuerzo, riesgo y belleza conviven quienes hacen de la altura una manera de vivir
Una pasión que empezó casi sin recursos
Pitu Manfredi tiene 42 años, es programador y lleva 12 dedicado al montañismo junto a su hermano y un amigo de toda la vida. Su primera cumbre fue el cerro Champaquí, en Córdoba, a 2790 metros, en una salida improvisada, con ropa y equipo prestados y sin experiencia técnica suficiente. Aquella excursión les dejó aprendizaje, anécdotas y una certeza: querían seguir
Después llegaron metas mayores. Hizo cumbre en el Aconcagua, de 6960 metros, y recorrió la Cordillera Real, en Bolivia, con ascensos al Huayna Potosí, de 6088 metros, el Condoriri, de 5700, y el Pequeño Alpamayo, de 5400. Hace dos años alcanzó el Denali, en Alaska, de 6190 metros, en una expedición de 15 días, sin guía y de manera completamente autónoma
La montaña como forma de volver a empezar
Guillermo Almaraz, de 55 años, es guía y director de la Escuela de Montaña del Club Andino Mar del Plata. Empezó a los 15, cuando subió el cerro López, en Bariloche, con amigos. Desde entonces, convirtió esa práctica en un modo de vida y en una búsqueda que va más allá del deporte
Almaraz llegó a las cumbres más altas de los Andes argentino-chilenos y en 1999, junto con su grupo de expedición, diseñó la ruta hasta el Pissis, en el límite entre La Rioja y Catamarca. También destaca que muchas rutas de ascenso y trekking circulan en portales especializados, donde se pueden consultar circuitos, sumar variantes y compartir información útil antes de salir
Equipo, liderazgo y transformación
Griselda Moreno es periodista y fotógrafa. Descubrió el montañismo a los 27 años, después de dejar la natación competitiva, y desde entonces alcanzó cumbres de más de 6500 metros en cordilleras de América y del mundo. Para ella, subir una montaña combina concentración, deseo y quietud, pero también algo que considera central: la dinámica del equipo
Moreno sostiene que una expedición no se agota en llegar arriba. Si no transforma a quienes participan o no deja una huella en el territorio y en la comunidad donde sucede, falta una parte esencial. Por esa mirada cofundó hace más de diez años Mujer Montaña, junto con la escaladora boliviana Denys Sanjines, un proyecto orientado al intercambio, el liderazgo y el vínculo entre mujeres, culturas y territorios
El miedo y la preparación
Moreno también habla de un miedo persistente que puede aparecer ante una tormenta, una caída, el frío, el agotamiento, la altura o un error. Lejos de verlo como un freno absoluto, lo interpreta como una señal de que se entra en un territorio que no se controla por completo. Cita a Walter Bonatti para resumir esa idea: la cumbre más difícil no siempre está afuera, sino adentro
Manfredi coincide en el valor del vínculo grupal. Dice que, en la montaña, la confianza en el otro se vuelve total y que la fraternidad con su hermano y su amigo le da otro sentido a cada expedición. En su experiencia, la altura desnuda lo esencial: preparación física, técnica, mental y coordinación con quienes avanzan al lado
Cómo empezar sin apurarse
Julián Insarralde, guía de montaña desde hace más de 20 años, recomienda que el primer paso sea preguntarse qué tipo de montañismo se quiere hacer. Si el interés está en la altura, sugiere empezar por ascensos de 3000 metros, luego pasar a 4000 y avanzar de forma progresiva. Si la meta es técnica, aconseja iniciar por roca y después pasar a glaciares. Para trekking, propone elegir terrenos menos exigentes
Almaraz coincide en que conviene escalar objetivos de manera gradual. Entre sus recomendaciones para una primera experiencia menciona Sierra de la Ventana, en la provincia de Buenos Aires; el cerro Champaquí, en Córdoba; y la precordillera mendocina. También sugiere que el primer ascenso pueda resolverse en el día, para después sumar una salida con campamento y ganar confianza en el terreno y en el uso del equipo
La cabeza también entrena
Para Moreno, una expedición empieza mucho antes de cargar la mochila. La preparación física implica caminar, ganar resistencia, fortalecer piernas, trabajar la fuerza y aclimatarse cuando hay altura. Pero hay otra parte, menos visible y decisiva: aceptar que el plan puede cambiar. El clima, una lesión, una mala jornada o una decisión de último momento pueden obligar a dar la vuelta
Insarralde agrega que, sobre todo en quienes recién empiezan, hay que anticipar riesgos y recursos ante eventuales accidentes, heridas o alergias. Almaraz, por su parte, insiste en analizar motivaciones, entrenar técnica y evaluar riesgos con seriedad
Para él, el gran aprendizaje está también en los momentos simples: el descanso en la carpa, el atardecer desde arriba y la sensación de que, al final, la verdadera cumbre es volver a casa