Tomar conciencia de que la vida es limitada no tiene por qué ocurrir después de una pérdida, una enfermedad o una crisis. Para Tomás Olivieri, coach ontológico especializado en crisis vitales y duelos, reconocer la finitud puede ser una oportunidad para vivir con más profundidad

La certeza de que las personas amadas no estarán para siempre, y de que nosotros tampoco, permite valorar gestos y vínculos que muchas veces quedan relegados por la rutina: un abrazo, una conversación pendiente o un encuentro con un amigo

La muerte como fuente de sentido

Olivieri sostiene que saber que la vida tiene un final no la empobrece, sino que la vuelve más valiosa. Esa conciencia invita a preguntarse qué huella se desea dejar y qué decisiones merecen realmente el tiempo disponible

Según su mirada, si la muerte no existiera, todo daría lo mismo. La finitud, en cambio, revela aquello que el ritmo cotidiano suele ocultar y transforma la sucesión de días en una experiencia cargada de misterio

Salir del piloto automático

La rutina, la exigencia, el deseo de controlar cada situación y la necesidad de responder a las expectativas ajenas pueden alejar a las personas de lo importante. Por eso, el coach propone cultivar momentos de soledad y silencio

En su propia vida, reserva dos horas durante la mañana para leer, estudiar y estar consigo mismo, además de sostener una jornada laboral intensa. Considera que la pausa y las obligaciones no son incompatibles, aunque requieren revisar cómo se utiliza el tiempo

También plantea la autobservación como una práctica cotidiana: advertir si se está reaccionando impulsivamente o respondiendo desde un lugar más amoroso. Para él, detenerse a mirar y escuchar a otra persona, incluso en una situación simple como recibir a un plomero, es una forma concreta de humanidad

Elegir la autenticidad

Pensar en la muerte, afirma, ayuda a dejar de postergar lo primordial y a revisar si la vida está alineada con los propios valores. En ese camino, propone abandonar la necesidad de agradar y el temor constante a la mirada ajena

Olivieri recuerda que alguna vez rechazó un trabajo muy tentador porque no se sentía identificado con la tarea. Aunque la decisión implicaba renunciar a una oportunidad económica, respetarse le produjo paz

Desde su perspectiva, muchas personas son educadas para hacer, luego tener y finalmente ser. Él propone invertir ese orden: primero ser, después hacer y, por último, tener. Entre los miedos que condicionan ese proceso identifica el temor a la soledad y al abandono

El miedo a vivir

Para Olivieri, muchas veces el miedo a morir encubre el temor a vivir de manera auténtica. Morir es un instante, mientras que vivir exige coraje y voluntad, porque implica abandonar el personaje construido para responder a mandatos familiares o sociales

Como ejemplo, menciona a quienes eligen una carrera por presión y dejan de lado aquello que realmente les interesaba. Cuando una persona reconoce esa parte postergada de sí misma, comienza, según explica, un proceso de transformación

Gratitud, aceptación y paz

El coach vincula la felicidad con un estado de conciencia capaz de recordar la finitud y abandonar el piloto automático. Para él, la gratitud es la semilla de esa felicidad: consiste en recibir tanto lo agradable como lo difícil como oportunidades de aprendizaje

La aceptación también ocupa un lugar central. El dolor, sostiene, forma parte de la vida, pero la resistencia frente a lo que sucede puede convertirlo en sufrimiento. Aceptar lo que es permite recuperar cierto remanso y vivir con mayor paz

En relación con los arrepentimientos más frecuentes al final de la vida, menciona cinco: no haber sido fiel a uno mismo, haber trabajado demasiado, no haber expresado lo que se sentía, no haber dedicado suficiente tiempo a los amigos y no haberse permitido ser feliz. La lista pertenece a la enfermera de cuidados paliativos Bronnie Ware

Una crisis que cambió su recorrido

Olivieri cuenta que a los 22 años atravesó una crisis existencial que se extendió durante cinco años. Sentía una profunda angustia y llegó a comprender que, si moría en ese momento, habría cumplido con las expectativas de todos menos con las propias

A partir de esa experiencia, modificó su vida. Consiguió un empleo que le permitía trabajar pocas horas y dedicó parte de su tiempo a leer, estudiar y buscar referentes para su camino personal. Reconoce que atravesó períodos de soledad e incomprensión, especialmente porque en 1992 esos temas eran poco habituales entre sus amigos

Hoy considera que permanecer frente a las preguntas esenciales permite habitar la vida de verdad: preguntarse si se está siendo quien se desea ser, si el tiempo se dedica a lo que realmente importa y si se está al día con lo importante