River vivió una noche histórica en el Monumental, pero por un motivo que terminó dejando más preguntas que celebraciones. Frente a Independiente de Santa Fe, alineó a cinco campeones del mundo al mismo tiempo y quedó envuelto en una eliminación que expuso otra vez la distancia entre la expectativa y el rendimiento

Un registro que obliga a mirar atrás

Gonzalo Montiel, Nicolás Otamendi, Marcos Acuña, Thiago Almada y Ángel Correa compartieron cancha en un hecho que hacía décadas no ocurría en un club argentino. El dato, por sí solo, alimenta la dimensión del plantel. Pero la realidad futbolística del equipo volvió a quedar lejos de la potencia que sugieren sus nombres

La memoria lleva enseguida a River 1981, cuando el club llegó a reunir seis campeones mundiales en un mismo partido. Aquella vez coincidieron Ubaldo Fillol, Alberto Tarantini, Daniel Passarella, Américo Rubén Gallego, Norberto Alonso y Mario Kempes en el 4 a 0 ante Guaraní Antonio Franco, por el Nacional

La comparación que incomoda

También aparece el recuerdo del equipo que fue campeón del mundo en Tokio en 1986, con Nery Pumpido, Oscar Ruggeri, Héctor Enrique, Gallego y Alonso. La distancia entre aquellas consagraciones y el presente ayuda a entender por qué la comparación resulta tan exigente como incómoda

Eduardo Saporiti, integrante de aquel River de 1981, suele recordar que en esos años los mejores futbolistas del país permanecían más tiempo en la Argentina y que no era extraño ver varias figuras de selección en un mismo plantel. El contexto actual, en cambio, es distinto: la competencia europea, las nacionalizaciones y el mercado volvieron más difícil sostener ese tipo de concentración de talento

Mucho nombre, poca respuesta

River invirtió cifras muy altas para reunir a Correa y Almada, además de repatriar a Montiel y Acuña y sumar a Otamendi. La apuesta fue fuerte y la ilusión creció en proporción. Sin embargo, el equipo todavía no logró transformar esa jerarquía individual en una estructura confiable

El problema no es la calidad de sus futbolistas, sino la falta de equilibrio colectivo. Desde hace semanas, cada presentación deja la sensación de un equipo inestable, al borde del derrumbe, incapaz de sostener durante un partido entero el poder que promete su plantel

La lección que deja el presente

La historia de River muestra que los campeones del mundo no garantizan títulos ni funcionamiento. Sí obligan a una exigencia mayor. Y ese parece ser hoy el punto central: no desarmar otra vez el plantel, sino encontrar una dirección capaz de convertir nombres rutilantes en un equipo de verdad

La conclusión es simple y, al mismo tiempo, incómoda: River tiene calidad de sobra. Lo que falta es que esa calidad empiece a jugar como un conjunto