La demanda mundial de proteínas acuáticas está reordenando el sistema agroalimentario. La acuicultura ya supera los US$391.000 millones y se perfila como una nueva cadena de valor para países que buscan ampliar su matriz productiva

Los datos del informe SOFIA 2026, elaborado por Naciones Unidas y la FAO, muestran la magnitud del cambio: en 2024, la producción acuícola mundial llegó a 141 millones de toneladas entre animales acuáticos y algas, sobre un total de 235 millones. Así, el cultivo representó el 60% de la producción global, con una proyección de 65% hacia 2050

Una actividad que dejó de ser marginal

La mayor parte de los peces y otras especies de consumo ya no proviene de la captura, sino del cultivo. Lo mismo ocurre con las algas, que abastecen a industrias alimentarias, farmacéuticas y biotecnológicas

Entre los principales exportadores aparecen China, Indonesia, India, Vietnam, Noruega, Ecuador y Chile. La acuicultura dejó de ser una actividad de nicho y pasó a integrar la dieta cotidiana de millones de personas

Su expansión también responde a otra lógica: los mercados piden oferta estable, trazabilidad, inocuidad, calidad nutricional y productos diferenciados. El sector permite diseñar esos atributos desde el origen, algo clave para capturar más valor

Referencias cercanas para Sudamérica

La región ofrece ejemplos de modelos distintos pero exitosos. Chile consolidó una industria de alrededor de 1,5 millones de toneladas anuales, con fuerte peso de los salmónidos y exportaciones que promedian US$7800 millones

Brasil superó las 900.000 toneladas de cultivo, impulsado sobre todo por su mercado interno y por su integración con la plataforma agroindustrial

Ambos casos muestran que Sudamérica tiene condiciones para desarrollar cadenas competitivas, ganar escala y posicionarse en mercados internacionales

La oportunidad argentina

La Argentina cuenta con recursos hídricos continentales y marinos, una base agroindustrial consolidada, capacidades científicas, condiciones sanitarias diferenciales y una organización federal que permite adaptar los proyectos a cada territorio

La clave no está necesariamente en producir más volumen, sino en construir una estrategia propia basada en diferenciación, calidad, productos especiales y mayor valor agregado

Un esquema de baja densidad y amplia distribución territorial de los cultivos aparece como una alternativa seria. En ese marco, el crecimiento debe definirse con criterio estratégico y no como una carrera desordenada por toneladas

Más que insumos y biomasa

Reducir el desarrollo acuícola a la disponibilidad de granos como insumo principal limita la actividad a una lógica de conversión de materias primas en biomasa. Ese enfoque no alcanza para construir una política productiva sostenible

La expansión debe apoyarse en ventajas sanitarias y apuntar a mercados exigentes. La Argentina ya tiene un antecedente relevante: en 2023, el Senasa presentó ante la OMSA la autodeclaración de zona libre de enfermedades de notificación obligatoria

A partir de esa base, el sector puede crecer sobre calidad genética, trazabilidad, certificaciones, buenas prácticas y bajo impacto ambiental. La sanidad y el cuidado del ambiente no son trabas: son activos económicos

Un entramado que derrama

La experiencia internacional también muestra que alrededor de cada establecimiento se desarrollan industrias y servicios conexos: alimentos balanceados, genética, laboratorios, formación universitaria, ingeniería aplicada, logística, cadena de frío, software, certificaciones y equipamiento

Como ocurrió con el agro, el mayor valor aparece cuando la producción primaria impulsa un ecosistema más amplio. La discusión, entonces, no es producir más a cualquier costo, sino producir mejor y capturar ese resultado

Durante más de un siglo, la Argentina construyó una potencia agroalimentaria sobre la tierra. El desafío que se abre ahora es decidir si también podrá construir una nueva sobre el agua