La decisión de Molinos Agro y la Asociación de Cooperativas Argentinas de construir una nueva planta de molienda de soja en Timbúes, Santa Fe, por más de US$500 millones, volvió a poner al centro de la escena al principal complejo exportador del país. La iniciativa implica el regreso de las grandes inversiones después de 12 años y reabre una discusión de fondo sobre la evolución de la soja frente al maíz

La futura planta tendrá capacidad para procesar 15.000 toneladas diarias, lo que equivale a unas cinco millones de toneladas al año. La empresa vincula ese proyecto con una expectativa de mayor oferta de soja a partir del esquema de reducción gradual de retenciones previsto desde enero de 2027

Una señal para la industria aceitera

La proyección de la Bolsa de Comercio de Rosario para 2026 estima que las seis principales cadenas del agro aportarán US$4613 millones por Derechos de Exportación, casi el mismo nivel que en 2025. El complejo sojero seguirá siendo el principal contribuyente, con US$3275 millones

Para el consultor Javier Preciado Patiño, la inversión no es solo un anuncio industrial: también marca el final de una etapa de más de una década sin ampliaciones relevantes en la capacidad de molienda

El eje del problema: la brecha con el maíz

El especialista sostuvo que el comportamiento del complejo sojero no puede analizarse solo por el nivel de retenciones de la soja. Según explicó, el factor decisivo fue la diferencia con el maíz, cultivo que compite directamente por la superficie agrícola

Durante los primeros años del siglo, la soja pasó de una producción cercana a 30 millones de toneladas a un máximo de 61,4 millones en la campaña 2014/15. En ese período también se ampliaron las plantas industriales capaces de procesar 47.000 toneladas diarias

Después, la producción empezó a caer y hoy ronda los 50 millones de toneladas, con la sequía como uno de los factores que profundizó la baja. Al mismo tiempo, la industria aceitera incrementó su capacidad ociosa

Menos soja, más maíz

Preciado Patiño atribuyó ese giro al aumento de la brecha impositiva entre ambos cultivos. Recordó que tras la salida de la convertibilidad la diferencia era de 3,5 puntos porcentuales, luego subió a 15 y desde fines de 2015 llegó a 30 puntos

Ese cambio modificó los incentivos productivos. La superficie sembrada con soja bajó de 20,5 millones a 16 millones de hectáreas, mientras que la de maíz pasó de 6,9 millones a 10,6 millones. Con rindes promedio de tres toneladas por hectárea, esa pérdida implicó resignar alrededor de 12 millones de toneladas

El consultor también señaló que la falta de una ley de semillas que recompense a los obtentores y la escasa promoción de la fertilización impidieron compensar la caída del área con más productividad

La corrección empieza a asomar

Para el analista, el problema no fue solo el nivel absoluto de los DEX, sino el sesgo relativo que favoreció al maíz durante años. Sostuvo que lo razonable sería igualar la carga tributaria para que la elección del productor responda a criterios agronómicos y económicos

En ese marco, destacó que la brecha ya comenzó a achicarse: primero bajó a 16,5 puntos y hoy está en 15,5. Si el cronograma oficial continúa, podría caer a 13,5 puntos en 2027 y a 9,5 a fines de 2028

Preciado Patiño consideró que ese proceso empieza a corregir el sesgo que afectó a la soja durante buena parte del siglo y que la nueva inversión puede ser una señal de cambio para el principal complejo exportador argentino

También recordó que la soja tuvo otra valoración en el pasado: en las décadas de 1960 y 1970 era vista como una alternativa para salir del monocultivo de maíz. Con el tiempo, esa percepción se invirtió y terminó asociada a una fuerte carga tributaria. Ahora, con menores retenciones relativas, podría abrirse una etapa distinta para las decisiones productivas