En la ruta entre La Rioja y Chamical, una cruz levantada en el desierto, flores frescas y un neumático semienterrado funcionaron durante años como una señal muda: allí no había ocurrido un accidente. Allí había sido asesinado monseñor Enrique Angelelli, el obispo que defendió a los pobres y se convirtió en objetivo de la represión

Una verdad que tardó años en decirse

En agosto de 1983, cuando la dictadura ya se retiraba, monseñor Jaime de Nevares rompió el silencio de buena parte de la jerarquía eclesiástica y afirmó que Angelelli había sido víctima de un crimen. Hasta entonces, la versión oficial hablaba de un vuelco en la ruta ocurrido el 4 de agosto de 1976

La sospecha era antigua en La Rioja, pero el miedo mantenía a muchos en silencio. Aun así, los indicios se acumulaban: la cruz destruida varias veces en Punta de los Llanos, la presencia de policías en el lugar y el trato reservado con que se hablaba del caso entre los vecinos

El último viaje

Angelelli regresaba desde Chamical a La Rioja en su camioneta Fiat 1500, acompañado por el padre Arturo Pinto. Había celebrado una misa en memoria de Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, dos sacerdotes secuestrados, torturados y asesinados semanas antes

El obispo sabía que estaba amenazado. Antes había advertido a su sobrina que no pensaba esconderse. También se había reunido con Luciano Benjamín Menéndez para denunciar las violaciones a los derechos humanos en su diócesis. La respuesta del militar fue una amenaza directa

En Punta de los Llanos, un Peugeot 404 encerró la camioneta, la hizo volcar y la dejó destrozada. Angelelli salió despedido y quedó inconsciente sobre el asfalto. Pinto sobrevivió herido. Pericias posteriores concluyeron que al obispo lo remataron con golpes en la nuca

La ofensiva contra un obispo incómodo

La persecución no empezó en 1976. Desde que asumió en 1968, Angelelli incomodó a sectores de poder por su cercanía con campesinos y trabajadores, su defensa de la organización popular y sus denuncias sobre abusos de terratenientes y funcionarios

Durante años recibió ataques políticos, mediáticos y religiosos. Después del golpe de Estado, la violencia se agravó: primero vinieron las amenazas, luego los secuestros y asesinatos de sus colaboradores más cercanos. Murias, Longueville y el laico Wenceslao Pedernera fueron parte de esa escalada

El día de su muerte llevaba documentación sobre esos crímenes para presentarla ante autoridades de la Iglesia y ante el nuncio apostólico. Esos papeles desaparecieron del circuito judicial y más tarde surgieron referencias a su traslado bajo custodia militar

Las señales que quedaron

Quienes pasaban por la ruta veían la cruz, las flores y el neumático. Era una manera de sostener la memoria y de desafiar la versión impuesta. En el lugar, el mensaje era claro: la muerte de Angelelli no había sido un accidente

Años después, en 2014, la Justicia condenó a prisión perpetua a Luciano Benjamín Menéndez y a Luis Fernando Estrella por el asesinato del obispo. El testimonio de Arturo Pinto fue decisivo. Los autores materiales del ataque nunca fueron identificados y siguen impunes

Un legado que sigue en pie

Hoy el sitio donde cayó Angelelli se conoce como Paraje El Pastor y allí se levanta la Ermita Monseñor Angelelli. En ese lugar quedó escrito uno de sus lemas más recordados: “Un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”

A 50 años de su asesinato, su historia sigue marcando una herida abierta y también una certeza: la violencia intentó borrar su voz, pero no logró borrar su memoria