En la esquina de Alvear y Montevideo, el Palacio Fernández Anchorena sigue imponiéndose como una de las joyas arquitectónicas de Buenos Aires. Nacido como residencia privada de una familia de la elite, terminó convertido en sede diplomática de la Santa Sede gracias a la decisión de Adelia Harilaos de Olmos, una de las mujeres más ricas de su tiempo

La mansión fue encargada en 1907 por Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena al arquitecto francés Édouard Le Monnier. Pero sus dueños nunca la habitaron: vivían en París y el edificio quedó durante años en manos del personal doméstico, administrado a distancia. El primer gran giro llegó en 1922, cuando Marcelo Torcuato de Alvear lo ocupó como residencia presidencial

La mujer que tomó el control

En 1925 apareció Adelia Harilaos de Olmos, viuda del empresario y terrateniente Ambrosio Olmos, exgobernador de Córdoba. Ya conocía la casa y vivía enfrente, en un petit-hotel hoy desaparecido. Alquilar el palacio fue, para ella, una forma de instalarse en un lugar que la fascinaba y que después se volvería parte central de su vida

Adelia había nacido en 1865 en una familia acomodada pero en decadencia. Se casó en 1902 con Olmos, tras años de insistencia de él, y luego atravesó una etapa personal difícil, con problemas de salud mental y un breve encierro en París. En 1907 regresó al país, recuperó su fortuna y comenzó una vida marcada por la religión, la beneficencia y una enorme capacidad de influencia

Caridad, poder y devoción

Ya instalada en Buenos Aires, impulsó obras sociales y religiosas, fundó la Liga de Damas Católicas, ayudó a financiar iglesias y creó beneficios para trabajadoras y sus hijos. También donó la estancia El Durazno a los salesianos. En 1930 fue nombrada condesa del Estado Pontificio

Su vínculo con la Iglesia se volvió decisivo en 1934, durante el Congreso Eucarístico Internacional. Para organizarlo, vendió una estancia y puso su casa a disposición del Vaticano. Allí recibió al cardenal Eugenio Pacelli, quien más tarde sería el papa Pío XII. A través de la monja sor Pascualina, amiga de ambas partes, Adelia logró después una comunicación directa con el pontífice

El legado definitivo

Adelia compró finalmente el Palacio Fernández Anchorena en 1942. Antes de morir, en 1949, dejó establecido en su testamento que la propiedad pasara a la Santa Sede y que fuera usada como Nunciatura Apostólica, en recuerdo de Pío XII. La condición se cumplió: desde 1952 el edificio funciona como embajada vaticana y residencia del nuncio

El palacio, con su gran escalera, sus salones y su antiguo oratorio, recibió a Juan Pablo II en sus visitas de 1982 y 1987. Declarado Monumento Histórico Nacional en 2002, sigue siendo una pieza clave del paisaje porteño y un testimonio de la vida de una mujer que transformó su fortuna en poder, fe y legado

Ahora, con la llegada del nuevo nuncio, Michael Banach, la residencia vuelve a quedar en el centro de una historia que une aristocracia, Iglesia y política argentina