Dos mujeres trabajan frente a la vidriera y estiran fusilli al fierrito con una precisión que todavía sorprende a quien pasa por Boedo. La escena podría parecer sacada de un pueblo italiano, pero ocurre en una casa de pastas de avenida Boedo al 1600 que lleva casi ocho décadas en el mismo lugar
La historia de Amelia comenzó en 1948, cuando Antonio Palazzo, llegado de San Giorgio Lucano en su juventud, se instaló con Amelia, su esposa, en una casa chorizo del barrio. En el frente abrieron un pequeño almacén, hasta que un almuerzo de domingo cambió el rumbo del negocio: Antonio se puso a amasar fusilli frente a la vidriera, siguiendo una tradición que había aprendido de su abuela y de su madre
Del almacén a la fábrica
Lo que empezó como una costumbre familiar llamó la atención de vecinos y clientes, que pronto empezaron a pedir esa pasta para llevar. Con el tiempo, el almacén se transformó en casa de pastas y sumó rellenas, tagliatelle cortados a cuchillo y otras especialidades. Ya en los años 70, la familia pudo instalar la fábrica tal como hoy se la conoce
Cuando Antonio se retiró, el mando pasó a Ricardo Poli, su yerno, junto con Ana, hija de Antonio y Amelia. Ana se ocupa además de la administración contable y prepara limoncello y quinotos en almíbar caseros. Más tarde se sumaron Federico y Carolina, la tercera generación, decididos a sostener una tradición que ya forma parte de la identidad del barrio
Calidad, oficio y memoria
Ricardo resume la clave del negocio en una regla que recibió de Antonio: no bajar nunca la calidad. Por eso trabajan con insumos elegidos con cuidado, cocinan todo en el local y evitan los productos procesados o congelados. El oficio también se transmite en la práctica: en la casa todos saben hacer de todo y se reemplazan entre sí cuando hace falta
La fábrica conserva además buena parte de su aspecto original. Siguen allí los mostradores de fórmica, las máquinas de las décadas del 60 y del 70, las heladeras antiguas de madera y hasta el palo de amasar ravioles de la época del fundador. La idea es que quienes vuelven después de años encuentren el mismo lugar al que iban de chicos
El sello más reconocido sigue siendo el fusilli hecho a mano, uno por uno, con fierrito y sin producción industrial. Esa diferencia atrajo a clientes de distintos puntos de la ciudad, del conurbano y de otras localidades, además de restaurantes y bodegones que siguen encargando la pasta desde hace décadas
La historia tampoco se interrumpió durante los 78 años de vida del local, salvo por unas semanas en la pandemia. En ese tramo fue clave el sostén de empleados como Estela, que trabaja allí desde 1990 y conoce tanto el amasado como el funcionamiento general de la fábrica
Tradición con nuevas recetas
Sin abandonar el trabajo artesanal, Amelia fue incorporando productos que responden a los gustos actuales. A los clásicos fusilli, ñoquis, tallarines y rellenas, se sumaron ravioles más grandes, opciones vegetarianas con espinaca, calabaza o berenjena, tagliatelle de distintos colores y envoltini rellenos de osobuco, puerro y vino blanco
La tercera generación también llevó la tradición al terreno digital: creó redes sociales y una página web con recetas, consejos y la posibilidad de hacer pedidos online. Para Federico, el objetivo no es solo conservar un negocio familiar, sino mantener viva una historia que atraviesa a sus abuelos, a sus padres y a la nueva generación