La tensión del mercado habitacional en Mallorca dejó una postal cruda: la de Begoña Iglesias, de 60 años, que desde hace seis meses vive junto a su hijo Héctor en una casa rodante alquilada

Un trabajo estable, pero insuficiente

Iglesias trabaja como seguridad en estacionamientos portuarios y se encarga de multar, en su mayoría, a turistas que visitan la isla durante el verano. Gana 1200 euros mensuales y asegura que ese ingreso no le alcanza para acceder a una vivienda en condiciones

Su rutina es extensa: pasa el día en el puerto, de 9 a 21, sin sombra y con el mar como paisaje permanente. Pese a las dificultades, valora haber podido quedarse en su ciudad

Vivir en un espacio mínimo

La casa rodante está en un parking junto a la autopista de Palma. Allí comparte espacio con su hijo, en una vivienda reducida, sin heladera y con un baño que no funciona

Para resolver lo básico, pagan un abono mensual que les permite usar los baños de un club cercano. Además, Begoña debe viajar unas tres horas en transporte para llegar a su trabajo a tiempo

El verano, el momento más duro

La situación se vuelve todavía más difícil en los meses de calor. Como la casa rodante no tiene aire acondicionado, las altas temperaturas hacen casi imposible dormir cuando el vehículo queda expuesto al sol durante todo el día

Su hijo, de 22 años, también enfrenta un futuro incierto. Quiere reunir dinero suficiente para probar suerte en el exterior, aunque admite que le cuesta pensar en irse porque su vida está en Mallorca, entre amigos, familia y recuerdos

“Si tengo que pagar mil euros o más para estar a gusto, lo haré”, resumió Héctor, al describir una realidad en la que hasta mudarse a un lugar mejor resulta inaccesible