Cuando le preguntaron qué quería hacer con su vida, Owen, de 17 años, no supo responder. Vivía en La Cava, cursaba la secundaria pública y convivía con su madre y su hermano mayor. Ninguno de los tres había terminado el secundario

Él hacía changas de plomería, era tímido y no se imaginaba estudiando. Todo cambió cuando se anotó en un programa de orientación vocacional y una tutora empezó a trabajar con él sobre sus posibilidades. Con el tiempo, entendió que sí podía proyectar otro camino. Hoy, con 18 años, terminó la escuela y piensa en estudiar Diseño Gráfico

El peso del entorno

La historia de Owen ilustra una diferencia más amplia: no todos los jóvenes crecen con la misma red de apoyo para imaginar su futuro. Así lo plantea un estudio del Centro de Investigación y Acción Social, basado en el testimonio de 50 jóvenes del conurbano norte y de la ciudad de Buenos Aires, de entre 16 y 24 años

La investigación comparó a 25 chicos de sectores de altos ingresos, que viven en barrios cerrados o zonas acomodadas, con otros 25 de barrios populares que todavía sostienen la expectativa de ascenso social

El contraste fue claro. En los hogares más acomodados, los jóvenes aparecen respaldados por un entorno que invierte en ellos, valida sus metas y amplía sus opciones. En los barrios populares, en cambio, las aspiraciones suelen sostenerse casi solo en el esfuerzo individual, muchas veces frente a un contexto difícil

Familias que contienen y familias que faltan

En los sectores vulnerables, muchos adolescentes crecen en hogares monoparentales. Sus madres trabajan muchas horas para cubrir lo básico y ellos pasan gran parte del día solos o cuidando a sus hermanos. Si no hay club, comedor o centro cultural en el barrio, el margen para construir proyectos se achica todavía más

En ese escenario, la familia sigue siendo central. Es quien inscribe a los chicos en la escuela, los sostiene económicamente y también de manera afectiva. Pero ese acompañamiento no siempre existe. Cuando falta, la escuela pasa a ocupar un lugar decisivo para habilitar horizontes más amplios

Escuelas que abren y escuelas que limitan

Entre los jóvenes de altos ingresos, la educación suele venir acompañada de cursos extracurriculares, prácticas, becas y viajes de intercambio. Para ellos, el mundo se ensancha. En barrios populares, en cambio, muchas escuelas están desbordadas, con problemas de infraestructura, ausentismo docente, paros o violencia entre compañeros

Varios de los entrevistados describieron sus escuelas como espacios deteriorados, donde costaba sostener el aprendizaje. Incluso quienes llegaron a la universidad sintieron después que no habían recibido herramientas suficientes para seguir estudiando

Mientras algunos jóvenes proyectan viajes, carreras o empresas familiares, otros piensan en conseguir un trabajo, terminar la secundaria y salir del barrio. Esa distancia también se ve en la vida cotidiana: muchos chicos de sectores populares empiezan a trabajar a los 15 años y combinan empleo con estudio

Salir del barrio, salir del riesgo

Para muchos adolescentes de sectores vulnerables, salir del barrio no es solo una aspiración económica: es también una forma de buscar seguridad y oportunidades. Referentes territoriales y organizaciones comunitarias insisten en que clubes, centros culturales y espacios públicos cuidados son claves para evitar que los chicos queden atrapados entre la calle y la esquina

Owen dice que el programa que lo acompañó le cambió la vida. Perdió el miedo a hablar con otros, aprendió a hacer un currículum y a manejar herramientas básicas para pensar su futuro. Ahora busca trabajo para poder anotarse en la facultad sin sentirse una carga para su familia

Su caso resume la tesis del estudio: los futuros no se construyen solo con esfuerzo individual. También dependen de la calidad de los entornos que rodean a cada joven