El delito cibernético ya no recurre siempre al susto brutal de antes. Aquellas llamadas nocturnas que fingían secuestros de hijos o nietos fueron cediendo lugar a maniobras más sofisticadas, incluso más seductoras
El engaño sigue siendo delito y debe ser juzgado. Pero hay variantes que rozan una extraña teatralidad: mensajes por WhatsApp o redes sociales que aparentan venir de una estrella de Hollywood y que, de pronto, piden ayuda
La trampa del deseo
La ilusión, muchas veces, vence al razonamiento. Por eso no resulta difícil imaginar a alguien cayendo en la trampa si un actor tan conocido como Kim Rossi Stuart apareciera con un saludo inesperado y una historia convincente
Después llegaría la duda: cómo obtuvo el número, por qué se comunicaría con esa persona y, sobre todo, qué clase de apuro justificaría pedir dinero
La escena deja una conclusión incómoda: hay quienes, por vanidad o deseo, transfieren fondos sin vacilar y se quedan esperando ser elegidos por el objeto de su fantasía