En la infancia, la narradora observaba a lo lejos a una mujer de trato duro y poco dado a la ternura, una figura que pertenecía al mundo opaco de los adultos. Durante una visita excepcional, la vio plantar un árbol y esa escena desordenó algunas certezas tempranas: aquella mujer, tan poco asociada al cuidado, estaba ocupada en sostener un tronco frágil y unas ramas mínimas, como si apostara por algo que todavía no tenía forma
La apuesta por lo que vendrá
Con el tiempo, la narradora dejó de verla. Su muerte llegó después, asociada a una soledad intensa y definitiva. Poco más tarde pasó frente a la antigua casa y encontró allí un árbol ya joven y firme, proyectando sombra sobre la calle. La imagen reactivó la memoria de aquel gesto inicial y volvió evidente que el árbol había seguido creciendo mucho después de la mujer que lo plantó
La idea dialoga con una reflexión de Un árbol de compañía, de Clara Obligado y Raúl de Tapia: plantar algo que uno no alcanzará a ver puede ser una forma de pensar el porvenir y también una huella casi inmortal. Desde esa perspectiva, el árbol de la vereda deja de ser solo parte del paisaje y pasa a ser testimonio de una decisión secreta, un trabajo de cuidado que resistió al tiempo
La evocación se amplía con Mary Oliver y con la enseñanza que Ariel Barchilón extraía del Tai Chi al mirar los árboles: firmeza en la raíz, suavidad en el movimiento, fortaleza y delicadeza como partes de una misma vida. Al final, la escena urbana queda abierta a esa lectura: los árboles no solo albergan formas de vida invisibles, también conservan, en silencio, el legado de quienes se animaron a sembrar futuro