En febrero de 1985, un adolescente vio el cometa Halley desde las afueras de La Plata y se llevó una pequeña desilusión: esperaba un espectáculo mucho más impactante

Esa impresión personal contrasta con lo ocurrido en 1910, cuando el mismo visitante celeste alimentó un miedo masivo y fue leído por muchos como una amenaza para la humanidad

La alarma que creció antes del paso

En enero de aquel año, el astrónomo francés Camille Flammarion dejó abierta la posibilidad de un riesgo al cruzar la cola del cometa. La idea, sumada a folletos con pronósticos sombríos que circularon en Buenos Aires, ayudó a expandir el temor

También pesó la mención de un gas tóxico, el cianógeno, que reforzó la sensación de catástrofe inminente. Entre el inicio de 1910 y la fecha del paso del Halley, se registraron solo en la Argentina 427 suicidios

La noche en que la ciudad esperó el final

El 18 de mayo llegó con una expectativa extrema. Hubo plazas y parques colmados, rezos, escenas de despedida, bailes en los conventillos, asados en Mataderos y botellas de champagne en los sectores más acomodados

También aparecieron llantos, arrepentimientos y una vigilia nerviosa en los techos porteños. Pero la medianoche pasó sin catástrofe y una sirena anunció que el peligro había quedado atrás

El pánico cedió de golpe. Lo que para miles había sido el fin del mundo terminó en alivio colectivo, mientras el cometa siguió su recorrido, indiferente a los temores humanos