La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner en escena un linaje narrativo antiguo y persistente. Pero antes de esa relectura contemporánea, ya había otras obras que tomaron la épica homérica como modelo. Entre ellas, El Eternauta ocupa un lugar singular: no solo dialoga con Homero, sino que reescribe su estructura desde una sensibilidad argentina
Un autor formado entre griegos
Héctor Germán Oesterheld conocía la cultura clásica desde joven. Su esposa, Elsa, recordaba que en la escuela llegaban a pedirle que dictara la clase de filosofía, porque manejaba con soltura los textos y los pensadores griegos. Esa formación no fue decorativa: atravesó su obra y dejó marcas visibles en El Eternauta
La afinidad con Homero se nota desde el inicio. Juan Salvo aparece de un modo extraño, como si emergiera ante la vista del narrador en una escena que recuerda la aparición de Odiseo ante los feacios
En ambos casos, un viajero agotado pide refugio, se presenta con vacilación y comienza a contar su historia. Oesterheld incluso se reserva un lugar dentro del relato, en un gesto de metaficción que refuerza ese parentesco
Astucia, oficio y supervivencia
Odiseo no es un héroe basado solo en la fuerza, sino en la inteligencia, el ingenio y la capacidad de resolver problemas. Esa misma lógica organiza a los personajes de Oesterheld. Juan Salvo, Favalli, Polsky y Lucas no vencen por superioridad militar: improvisan, reparan, fabrican, adaptan. Convierten herramientas comunes en recursos de resistencia
El parentesco también aparece en el gusto por el trabajo manual. En la epopeya griega, Odiseo se enorgullece de tareas concretas como encender fuego, preparar la comida o servir el vino. En El Eternauta, esa destreza se traduce en soluciones caseras para enfrentar la invasión: aislar la casa, adaptar la radio, montar un extractor, construir trajes protectores o engañar a los invasores con dispositivos falsos
Un Telémaco porteño
La figura del hijo de Odiseo también encuentra eco en la historieta. Telémaco sale en busca de noticias sobre su padre, empujado por la incertidumbre. Oesterheld traslada esa energía al joven Franco, que propone una salida de exploración porque no sabe nada del enemigo ni del destino del grupo
La escena conserva otro rasgo homérico: la partida nocturna, silenciosa, bajo la vigilancia de fuerzas hostiles. En ambos relatos, el avance en la oscuridad resume una misma idea: la necesidad de moverse con cautela en un mundo dominado por la amenaza
Regreso, memoria y extrañeza
El tramo final de El Eternauta también remite a Homero. Juan Salvo descubre que ha vuelto a la Tierra en 1959, cuatro años antes de la partida que lo lanzó fuera de su tiempo. Cuando llega a su casa, su versión del presente y la del futuro parecen confundirse. Elena le pregunta dónde estuvo, y él responde con desconcierto que no lo sabe
Esa desorientación no es un simple giro fantástico. Es una forma de pensar el regreso, la identidad y el olvido. En La Odisea, el retorno de Odiseo exige reconocimiento; en El Eternauta, el héroe vuelve sin poder dar cuenta del viaje que lo transformó. El resultado es una experiencia de misterio que hace de la memoria un problema narrativo central
Una tradición más amplia
La influencia griega sobre Oesterheld no se limita a Homero. En su obra también laten ecos de La Ilíada y de tragedias de Sófocles y Esquilo. A eso se suma otra gran referencia: Jorge Luis Borges, a quien el propio Oesterheld señalaba como una de sus lecturas decisivas
Por eso El Eternauta no es solo una historieta de ciencia ficción. Es también una obra literaria de gran ambición, atravesada por la épica, el viaje, la pérdida y el deseo de volver al hogar. En esa mezcla está buena parte de su fuerza: una odisea espacial, pero también profundamente argentina