Estados Unidos intenta llevar a tierra firme en América Latina la campaña letal que inició hace un año contra lanchas que, según Washington, transportaban drogas en el Caribe y el Pacífico. La administración de Donald Trump busca acuerdos para que tropas estadounidenses participen en operaciones conjuntas contra grupos criminales en varios países de la región

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dijo durante una visita a Panamá que Colombia, Guatemala y Honduras habían aceptado ese tipo de acciones, después de un primer esquema similar puesto en marcha en Ecuador en marzo. Guatemala, sin embargo, negó haber alcanzado ese entendimiento

Una ofensiva más amplia

Hegseth comparó el plan con los ataques a embarcaciones en el mar y sostuvo que el objetivo sería replicar el mismo efecto sobre el terreno. Según dijo, el gobierno estadounidense trabaja con Ecuador, Colombia y otros socios para combatir en tierra a organizaciones designadas como terroristas

La expansión marca una nueva etapa en la estrategia de Trump para presionar a gobiernos latinoamericanos a alinearse con sus prioridades de seguridad. Analistas advierten que este giro puede profundizar tensiones por la presencia militar estadounidense y abrir la puerta a una reacción política contra Washington

Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, su gobierno adoptó una postura mucho más intervencionista en la región. Designó a 20 grupos criminales latinoamericanos como organizaciones terroristas extranjeras, envió fuerzas a Venezuela para capturar a su presidente e involucró a agentes de la CIA en operativos contra laboratorios de droga en México

En paralelo, los ataques contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico oriental dejaron más de 200 muertos en más de 60 acciones, con escasa evidencia pública sobre la identidad de las personas alcanzadas y con cuestionamientos legales sobre la campaña

Soberanía bajo tensión

El eventual despliegue conjunto con fuerzas locales sería, según especialistas, algo distinto a la cooperación tradicional que Washington mantuvo durante décadas con armas, inteligencia y entrenamiento. Para varios observadores, la nueva fase pone a prueba límites sensibles para gobiernos de la región, sobre todo en torno a la soberanía y a la presencia de tropas extranjeras

En Colombia, Hegseth sugirió que podrían sumarse acciones contra grupos armados como el ELN, la última gran guerrilla activa del país. El ministro estadounidense afirmó además que el presidente colombiano le pidió mayor participación militar de Washington

El plan también encontró resistencias. Ecuador aparece como el caso más avanzado de cooperación directa, pese a que los votantes rechazaron en 2025 el regreso de bases militares extranjeras. En ese país, una investigación periodística posterior indicó que uno de los golpes contra un supuesto laboratorio de drogas terminó destruyendo una finca ganadera

Guatemala se presenta como una excepción por su cooperación en seguridad con Washington, aunque su presidente negó haber autorizado operaciones conjuntas antidrogas sin aval legislativo. Honduras, Colombia y Ecuador no respondieron a pedidos de comentario sobre las declaraciones de Hegseth

México, un punto central en el tráfico de fentanilo y otras drogas hacia Estados Unidos, queda fuera de esta nueva coalición. Aunque mantiene cooperación en materia de seguridad, su gobierno resiste la presión para permitir un rol militar estadounidense en su territorio

Riesgos y límites políticos

Expertos advierten que una estrategia más militarizada podría no producir mejoras duraderas y sí aumentar el riesgo de víctimas civiles, especialmente en países como Colombia, donde los grupos armados operan mezclados con poblaciones locales y ejercen control de hecho en algunas zonas

También sostienen que este enfoque puede empujar a esas organizaciones a dispersarse y adaptarse, en lugar de debilitarlas. A largo plazo, el debate podría trasladarse al terreno político: hasta dónde están dispuestos los votantes latinoamericanos a ceder soberanía a cambio de más seguridad

Para varios analistas, ese será el verdadero límite de la ofensiva: incluso los aliados más duros de Trump podrían enfrentar rechazo interno si la presencia militar estadounidense crece demasiado