Gustavo Ferreyra nació en Buenos Aires en 1963, empezó a escribir poesía en la adolescencia y publicó su primera novela a los 31 años. Desde entonces, construyó una obra singular que incluye títulos como El amparo, El desamparo, Gineceo, Vértice, Piquito de oro, El director, La familia y Dóberman, la novela que fue distinguida con el premio Emecé y reeditada recientemente

En una conversación reciente, Ferreyra repasó su vínculo con la literatura, su método de trabajo y la manera en que concibe su obra: no como una serie de encargos, sino como una búsqueda que nace de una necesidad interna. También explicó por qué sigue escribiendo a mano, cómo organiza sus novelas y qué lugar ocupan en ellas el lenguaje, la subjetividad y la construcción de personajes

Escribir a mano, avanzar sin releer

Ferreyra contó que conserva la costumbre de redactar primero en cuaderno y pasar después el texto a la computadora. Dijo que no escribe directo salvo en textos breves y que prefiere la libertad del manuscrito, sobre todo para trabajar en los márgenes y dejar que la frase avance con rapidez

También explicó que, cuando trabaja en una novela, no suele releer lo ya escrito mientras progresa. Según dijo, avanza con la historia en la cabeza, en un ritmo sostenido, hasta que el libro encuentra su forma. Esa dinámica, afirmó, le permite sostener una concentración casi exclusiva en el proyecto en curso

Una obra que se va armando sola

El autor describió su literatura como una obra que se va concatenando, con una lógica propia que emerge de adentro. Recordó que en sus comienzos podía apoyarse en planes muy breves, pero que con el tiempo empezó a preparar estructuras más extensas para cada novela, aunque sin perder margen para que el relato “navegue solo”

En ese sentido, explicó que en Dóberman ya aparece con fuerza una arquitectura compleja, dividida en partes y capítulos que alteran la lectura lineal. Para Ferreyra, ese tipo de diseño responde a la necesidad de ordenar una historia rota, atravesada por quiebres temporales, desvíos y colapsos subjetivos

Joaquín Riste y el universo de los 90

La charla se detuvo especialmente en Dóberman, protagonizada por Joaquín Riste, un personaje que pasa del escenario al servicio diplomático, de la fantasía de ser showman a la deriva mental. La novela lo lleva a Varsovia, en una misión turbia ligada a un clima geopolítico de época, y luego a distintos estados de degradación y extravío

Ferreyra vinculó ese mundo con el menemismo y con una época marcada por la promesa de una “nueva Argentina”, el éxito como mandato y la competencia feroz. En su lectura, los años 90 también dejaron cuerpos y subjetividades quebradas, algo que la novela traduce en la fragilidad de Riste y en su progresiva disolución

Lenguaje abundante y personajes femeninos

Ferreyra dijo que se siente cómodo con una prosa amplia, menos atada a la frase corta y más cercana a una tradición que va de Flaubert y Balzac hacia la gran novela moderna. Defendió una escritura que se expande, que insiste en la subjetividad de los personajes y que busca romper clichés narrativos

Consultado por sus criaturas más queridas, señaló que le resulta más difícil empatizar con los personajes masculinos. En cambio, sostuvo que en sus novelas las figuras más queribles suelen ser mujeres. Para él, la narración debe construir una vida y, al mismo tiempo, mostrar lo execrable de esa vida sin renunciar a su potencia trágica